A Jenny y a los abuelos

El hombre suele creer que todas las cuestiones del mundo están bajo su control. En su marcado egocentrismo mantiene el constante deseo de manejar la vida y la muerte a su antojo, con el objetivo de obtener un dominio sobre los demás. Sin embargo, hay situaciones que nos recuerdan que existen fuerzas con mucho mayor poder sobre el mundo, y que los humanos no tenemos siquiera la capacidad completa para manejar nuestra mente.

Una muestra de ello es la construcción de la memoria y del olvido, las cuales están muchas veces fuera de nuestro deseo consciente. ¿Cuántas veces nos hemos planteado olvidar situaciones molestas o dolorosas que por el contrario terminan por ser un recuerdo muy presente en nuestra vida? La verdad es que la mayor parte de la memoria no está construida por nosotros, sino por el subconsciente basado en factores ajenos sobre los que no tenemos dominio.

De esta forma, nuestra vida nunca es realmente lo que recordamos que ha sido. Es como una especie de texto literario: la narración sólo abarca una parte de la historia porque es imposible escribirla de manera completa; no se pueden contar las perspectivas de todos los personajes de manera fiel, tampoco todos sus momentos porque incluso resultaría aburrido.
Con este mismo planteamiento, el escritor José Emilio Pacheco brinda un excelente consejo en su poema “Memoria”: “No tomes muy en serio lo que te dice la memoria/ A lo mejor no hubo esa tarde/ Quizá todo fue autoengaño/ La gran pasión sólo existió en tu deseo/ Quién te dice que no te está contando ficciones para alargar la prórroga del fin/ y sugerir que todo esto tuvo al menos algún sentido”.

A pesar de todo, en esta construcción de la memoria existen luchas internas para no olvidar lo que para nosotros tiene un profundo valor, como muchos hacemos con los seres queridos que se han adelantado. En estos casos especiales la memoria se guarda en el corazón y no en la mente.