La labor del poeta suele ser un poco complicada de definir. Unos dicen que su chamba es hacer libros, otros aseguran que se dedican a escribir palabras bonitas; sin embargo, la mayoría no sabe con exactitud cuál es el verdadero objetivo de esta estirpe de escritores.

La poesía es una forma del arte que busca interpretar las cosas de una manera distinta a como lo hace el idioma y la lógica. Cuando un poeta escribe no solamente une palabras, sino que también está creando una nueva definición de las cosas. La poesía es una metáfora breve y artística de la historia humana. A lo largo del tiempo los hombres han creado y nombrado. Cuando se inventó la llanta, alguien primero tuvo que darle un uso y luego ponerle nombre. Luego lo repitió hasta que poco a poco se fue insertando en el lenguaje. Eso es lo que se busca en un poema: crear y nombrar para formar parte del lenguaje artístico.

Sobre este mismo tema, el chileno Nicanor Parra publicó hace varias décadas un poema titulado Cambios de nombre: “A los amantes de las bellas letras/ hago llegar mis mejores deseos/ Voy a cambiar de nombre a algunas cosas./ Mi posición es ésta: El poeta no cumple su palabra/ si no cambia los nombres de las cosas./ ¿Con qué razón el sol ha de seguir llamándose sol?/ ¡Pido que se llame Micifuz/ el de las botas de cuarenta leguas!/ ¿Mis zapatos parecen ataúdes?/ Sepan que desde hoy en adelante/ los zapatos se llaman ataúdes/ Comuníquese, anótese y publíquese/ que los zapatos han cambiado de nombre: Desde ahora se llaman ataúdes/ Bueno, la noche es larga/ Todo poeta que se estime a sí mismo/ debe tener su propio diccionario/ Y antes que se me olvide/ al propio dios hay que cambiarle nombre/ Que cada cual lo llame como quiera: Ese es un problema personal.”

Nicanor Parra murió este martes a los 103 años de edad. Pasó una vida entera poniéndole nombres nuevos a las cosas, inventando mundos.