El tercer narrador a conocer es Ricardo Guerra, quien ha destacado en varios concursos literarios, entre ellos el Premio Nacional de Cuento Joven FILEY. Aquí un fragmento de El último discurso de los muertos:

“Escuché a mi esposa intentar decir algo desde su ataúd, un débil susurro que no alcancé a entender. Sus palabras eran amordazadas por el olor a rosas y cempasúchil. Conforme llegaban más familiares, aumentaban las coronas de flores apiladas detrás y a los lados del féretro. Cada vez iba a ser más difícil entender qué quería decirme. Por ello ordené a mis hijos sacar todos los arreglos del cuarto. Intentaron disuadirme con pretextos sobre buenos modales y religión, hasta que dijeron ‘Mamá apesta’.

Desde que me despertó el frío de su cuerpo entre mis brazos, empezó a expedir un hedor tan intenso, que aún sin darles aviso a las autoridades, llegó una patrulla a mi casa. Vecinos de hasta tres cuadras de distancia habían reportado el olor a muerto, preocupados que durante la noche hubieran asesinado a la colonia entera. El médico encargado de levantar el acta de defunción recomendó cremarla inmediatamente. Lo mandé a la mierda, me tendrían que meter al horno junto a ella para impedir el velorio.

Durante la procesión, el olor se esparció por todo el barrio. Nos mentaban la madre. Nos llamaban ‘apestosos’, ‘sádicos’ (...) Mi esposa no era política ni cantante de rancheras para que la laurearan con tanto arreglo. La desmesurada cantidad de flores era el resultado de un acuerdo tácito entre los familiares, para soportar el velorio. Los más discretos disfrazaban con bostezos los espasmos que anuncian el vómito. Todos festejaban la llegada de más rosas, flores de cempasúchil, lilis y crisantemos; había quienes aplaudían y echaban alaridos como si su equipo de futbol hubiera anotado un gol. A mí lo único que me importaba era que mi viejita no se fuera con el pendiente de decirme algo”.

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