Son las 4 de la mañana, y no puedo conciliar el sueño tras gran cantidad de imágenes y emociones que me atribulan. Nada tiene que ver con el trabajo, presiones o sinsabores de esta recta final, donde las estadísticas y supervisiones están a la orden del día. Tiempos de cierre sexenal, que desata gran nebulosa de incertidumbre, que, sin duda, hubiese puesto a reflexionar al magnificente Stephen Hawking.

Regresando a mi insomnio allende lo laboral, les comparto mi zozobra ante noticia incierta que un buen profesionista, pero sobre todo compañero de trabajo, me confiara. Pueden imaginarse de que hablo; a ser víctima de jugarreta de la vida, cuando de enfermedades entre médicos hablamos y que de sus alcances aún la ciencia médica no nos garantiza conocimiento absoluto, ni tratamiento garantizado.

Médico tenaz, audaz, con defectos y virtudes, pero ser humano y luchón como pocos. Cuando algún amigo, compañero, colaborador o profesional es victima de enfermedad, me cuestiono sobre nuestra fragilidad, más allá de la fuerza, dureza y certeza del cotidiano actuar.

Acaso no existe condescendencia divina para quienes todos los días se la rifan por salvar vidas humanas? ¿Acaso no existe indulgencia alguna por tantos años de estudio, sacrificio personal y familiar? No soy nadie para cuestionar, pero sí para sentir y expresarme. No puedo estar impávido ante la facies acartonada e inexpresiva, trastocada por estocada de un coloso de cuyos orígenes poco sabemos y se mofa de nuestra ignorancia.

En el último mes, he conocido del dolor interno en piel ajena. Sigo siendo un romántico que olvida cualquier rencilla o fricción si de una vida hablamos. La creación divina más perfecta sucumbe tarde o temprano, y lagrimo, en el silencio de la fría oficina, y aprovecho orar por un milagro. Los milagros existen, distantes de los “sabihondos y egocéntricos científicos de esquina”, que mueren buscando respuestas con teorías que se difuminarán tras el chasquido de los dedos.

Amigo, aquí estoy, no estás solo. Te acompaño en este doloroso transitar. He sobrepuesto a cualquier defecto la virtud y el beneficio colectivo; te he exigido porque puedes dar más de lo que pido. Creo en la nueva generación con chapa a la antigua. Te espero de regreso con nuevas noticias, para continuar construyendo ese proyecto que beneficiará y enaltecerá nuestra transición generacional. No me defraudes, te necesito hoy más que nunca. Aquí estaré.