De forma vertiginosa va llegando esa Nochebuena tan esperada, para la cual nos preparamos tanto, y cual estrella fugaz se desvanece, no sin dejar estela de alegrías, recuerdos y en no pocas ocasiones tristezas circunstanciales. Esto no cambia, es una constante anual, pero los escenarios navideños a través de las décadas sí han sufrido notorios contrastes.

Me remonté a mi niñez y adolescencia y, cual postales imborrables, pasaron ante mí cualquier cantidad de imágenes, que atropellaron mi aún lúcida mente. Fíjense que a estas alturas del mes de diciembre, mi caja pintada de café, con una vela en el centro, la imagen de la Virgen María, San José y el niño Jesús encabezaban al numeroso grupo de “chamacos” cada noche, para ir cantando “La Rama”.

Embebido en los recuerdos, recientemente, de regreso a casa, me atreví a contar el número de viviendas que mostraban algún motivo navideño. Los dedos de las manos me sobraron al llegar a mi destino. Ipso facto me cuestioné: ¿qué pasó con las luces, el muñeco de plástico que semejaba ser de nieve, los renos y la cara de Santa Claus que coronaba la entrada de las casas en aquellos años 80 y 90? Sí, amable lector, sólo pinceladas de aquel México y Yucatán, de cuyos ayeres apenas vestigios encontramos.

A estas alturas, los otrora mozalbetes ya habíamos escrito nuestra “cartita” al ayudante del Niño Dios, y cada noche, en cuenta regresiva, soñábamos con el momento que también nuestro padres disfrutaban. No olvido que cuando apenas la fiesta había concluido, nuestros pequeños ya estaban al pie del árbol. Añoro cómo reían más allá del desvelo; Jesús había nacido, y el milagro se había consumado.

No lo niego, se me nubló la vista, visualizando a mis seres queridos que se han adelantado, como mi padre, mi hermano, mis tíos y mis abuelos, pero me fortaleció saber que a los demás aún los puedo disfrutar, empezando con mi madre. Al despertar de mi nostálgico sueño, me di cuenta que arribaba a mi destino. Al bajar del vehículo, presuroso fui a felicitar al cumpleañero, quien desde hace casi tres lustros ha sido pieza clave en mi vida familiar.

¡Qué tiempos aquellos, cuando el espíritu de la Natividad movía corazones! Sólo te pido que este año, más allá de turbulencias y cambios que nos agobian, enciendas y compartas esa energía e ilusión que sólo el Creador puede motivar.