Paulina Rivero Weber/SIPSE

Mérida, Yuc.- Si todos pensáramos igual, no haría falta ni la ética ni la bioética. Nuestras ideas del bien y del mal, por lo general difieren y son las que determinan nuestra postura frente a temas como las obligaciones individuales frente al cambio climático, el trato a los animales, el aborto, la eutanasia, la objeción de conciencia, la justicia o la equidad. Y esas ideas del bien y del mal se sustentan en valores éticos, en ocasiones ocultos, que dan sentido la vida de cada persona.

Quienes tenemos como valores radicales la autonomía y la libertad, elegimos fundamentar nuestras ideas en la ciencia, la ética y el diálogo razonado. A eso se debe que nuestras respuestas a estos temas difieran con respecto a aquellos cuyos valores fundamentales son los establecidos por alguna creencia religiosa o moral. Y por supuesto: esa es la razón por la que la bioética y la ética se estudian en las universidades.

En la UNAM no todos pensamos igual, pero trabajamos para que todos puedan expresar sus ideas. “Yo no pienso como tú, pero moriría por tu derecho a expresar tu opinión”, es la frase erróneamente atribuida a Voltaire (en realidad la escribió Evelyn Beatrice Hall, autora británica cuyo pseudónimo fue Stephen G. Tallentyre).

Yo no pienso como muchos universitarios y no moriría por su derecho a expresar su opinión, pero he dedicado los últimos treinta años de mi vida a la docencia para que todos los universitarios aprendamos a expresar racionalmente lo que pensamos.

“Yo no pienso como tú pero no te exijo que pienses como yo: lo que te exijo es respeto y diálogo razonado con aquellos que ven el mundo de manera diferente”. Ese es mi principio. Y si nuestros legisladores aplicaran uno similar, nuestras leyes resultarían considerablemente más viables y representarían la dignidad de la razón, y no los intereses de grupos.

Tenemos que luchar por hacer ver a nuestros legisladores que están ahí no para imponer creencias personales, sino para razonar conjuntamente por el bien de los ciudadanos.