Hablar por teléfono se volvió cosa del pasado. Las personas han decidido conversar por alguna aplicación de texto sin expresiones, a la que los lectores les otorgan hasta muecas. No sé si me explico.

No es reclamo. Yo también uso aplicaciones de texto, y confieso que más de una, pero reconozco que aún prefiero platicar por teléfono, aunque acepto que cada vez me es más complicado saber cuándo es el momento adecuado de llamar.

Creo que amo escuchar la voz de las personas que quiero, que estimo, que amo, que deciden conversar un rato, no importa la distancia, para relatar qué están haciendo, cómo se han sentido y escucharles compartir.

La complejidad de comportamiento con el celular ha trascendido fronteras, y aunque soy consciente de que sus nuevas herramientas nos permiten una cercanía pocas veces pensada en la historia de la humanidad, por otro lado nos aíslan de una forma que nos desarma.

Seamos honestos. Quién no ha sido acorralado por otro que le dice… mira lo que me escribió… -con voz acusadora- seguido de ¿qué opinas? ¿Se lee molesto? Se lee. Sin sentimientos de ningún tipo.

Con los mensajes de texto se puede mantener una conversación privada, pero deja espacios abiertos. Hasta el teléfono convencional perdió su importancia. Y hay hogares donde las personas no se han ocupado de contratar una línea quizá porque tienen más de un móvil por cada ser humano que vive bajo el mismo techo.

En otros tiempos hablar a tus amigos por el teléfono era un privilegio, ya que en casa había otros cinco que tenían necesidades o palabras que transmitir a otros sujetos y debías de esperar el turno. Algunos estudiosos dicen que la dependencia de los mensajes de texto daña las habilidades interpersonales. La conversación es un arte que debe ser cultivado.

Yo aprovecho que es lunes, que tengo mucho que contar para hacer una lista de amigos a quienes llamar. ¡Que sea Feliz!