Festejar un cumpleaños es para mí motivo de alegría, a pesar de que nací un dos de octubre y que a lo largo de los años las personas me han dicho que en este país “no se olvida”. Sin embargo, celebrar es un hábito que aprendí de mi madre, ya les he contado que hacía que fuéramos reyes por un día. Ahora ella cumple 75 años y ha decidido hacer una fiesta, para que, además de tratarla como su majestad, seamos sus cómplices en concretar sus proyectos.

No me quejo. Disfruto su energía y cómo desarrolla sus ideas, y planea tres fiestas al mismo tiempo, ya que en mayo tendrá cuatro celebraciones por diferentes actividades a cual más importante.

Quienes la conocen saben que ella se impuso a sí misma el título de la “tía Mango” y que lleva su corona a pesar de sus capacidades diferentes. No le gusta decir que carece de un sentido, pero no entiendo por qué ya que tiene desarrollados los otros cuatro de manera que para timarla necesitas entrenamiento de elite. Lo digo con conocimiento de causa.

He vivido con ella unos 38 años y sigo aprendiendo de cada una de sus aptitudes. Sus amigos aún hoy se asombran de las cosas que se le ocurren, de que es imposible robarle un cambio, de que tiene memoria extraordinaria para las fechas, las direcciones y los apellidos, de que no se cansa de contarte las historias de antes, de relatar las noticias, de saber de todo y mucho más.

Es una mujer admirable que ha sabido inculcar en quienes la rodeamos la importancia de estar atentos, de cultivar el sentido común, de disfrutar la vida con responsabilidad, de finalizar los proyectos que se inician, de respetar al otro, pero también de sobreponerse a los límites y usarlos como retos.

Mientras tanto, yo aprovecho que es lunes y que esta semana celebraremos a las mamás para felicitar a todas esas mujeres maravillosas que dan la vida por sus hijos. ¡Que sea feliz!