Cuentan de un hombre que encontró un día una oruga haciendo su capullo, y le llamó tanto la atención que por días se sentó cerca para poder ver cómo la oruga tejía pacientemente su capullo. Después pasaba tiempo viendo el capullo a la espera de que la mariposa brotara y poder ser testigo de esta hermosa transformación. Un día se dio cuenta de que el capullo había comenzado a abrirse. Corrió entusiasmado por su silla y se sentó a esperar que saliera la mariposa. El capullo fue abriéndose poco a poco y comenzó a revelarse el cuerpo de la mariposa. Empezó un forcejeo dentro del capullo y después de un rato de lucha la mariposa extendió una de sus alas. Después comenzó a luchar por liberar la otra ala, pero de pronto se canso y dejó de luchar. El hombre, consternado, pensó que la mariposa se había dado por vencida, se sentía preocupado y un poco desilusionado, así que decidió ayudarla un poco. Corrió a su caja de herramientas, tomó una pequeña navaja y con ella hizo un cuidadoso corte al capullo. La Mariposa se desplomó sobre la mesa y al extender sus alas una de ellas era llena de colores y hermosa, mientras la otra era muy pequeña y arrugada. No se había terminado de formar. En su impaciencia, el hombre no se dio cuenta que en la lucha por liberarse del capullo el ala de la mariposa crece y toma fuerza. Es un dolor y una lucha por la que la mariposa tiene que pasar con el fin de poder extender sus alas y volar, al liberarla no le permitió crecer.

Yo no sé si este cuento es cierto, pero sí sé que eso nos pasa con nuestros seres queridos cuando queremos solucionarles la vida o pretendemos hacerles el camino más fácil. En realidad, cada quien debe luchar sus propias batallas, ir tomando decisiones y, con cada batalla, con cada decisión, con cada experiencia, vamos fortaleciendo nuestra voluntad y nuestro carácter, formando nuestras alas para poder volar.

Así que cada vez que con amor pretendemos hacer que el camino de nuestros hijos sea más fácil, o evitamos que alguien querido enfrente las consecuencias de sus acciones, con todo nuestro amor estamos perjudicándolo más que ayudándolo. Tampoco debemos apartarnos y dejar que las enfrente solo, pero no podemos evitar que nuestros seres queridos encuentren algunas piedras en su camino, o que en ocasiones el camino sea cuesta arriba o con muchas curvas. Siempre podemos caminar a su lado, estar ahí para apoyarlos, pero no podemos ni debemos modificar su camino, porque podríamos evitar que se vuelvan responsables de su vida, evitar que aprendan de sus errores y que disfruten igual sus éxitos cuando las decisiones están bien tomadas.

Cuesta trabajo hacerse a un lado, entender que no tenemos todas las respuestas y que las respuestas que nos sirvieron a nosotros no siempre son las que pueden ayudar a otros a tomar una decisión. Con nuestro amor pretendemos evitar los sufrimientos, pero al hacerlo en ocasiones también nos quedamos con el crédito de los triunfos ajenos. Cada quien tiene que vivir su vida, tomar sus decisiones y enfrentar las consecuencias buenas o malas que se deriven de las decisiones tomadas. Podemos aconsejar, apoyar, acompañar, pero no imponer o decidir por los demás porque los volvemos débiles e inseguros, les enseñamos a no confiar en su instinto, a no tener autoestima.

Sí, a veces nos equivocamos y tomamos un camino más difícil, pero cada camino tiene una enseñanza, y la enseñanza más valiosa es la de aprender a decidir qué camino debemos tomar, o más, qué camino queremos tomar, y con cada decisión que tomamos o dejamos de tomar, nuestras alas crecen, se fortalecen y así podremos algún día volar, porque si cada vez que descansamos para tomar fuerza alguien nos ayuda y decide por nosotros, entonces nos quedaremos siempre a ras del suelo sin la fuerza necesaria para alzar el vuelo.