Los últimos 35 años, los del neoliberalismo, a más de pobreza y desigualdad han traído profundas transformaciones culturales e ideológicas. Una que me parece particularmente nociva es la de concebir la vida en sociedad como una disputa de logros personales que no sólo la divide en masas de perdedores y un puñado de triunfadores, sino que hace llegar a ser uno de los últimos el objetivo de la existencia personal y social. En la disputa por privilegios individuales, no sólo económicos, es donde esta ideología encuentra el motor del desarrollo humano y por ende el debido objeto central de estímulo social y estatal.

Con el abandono de objetivos programáticos, los partidos políticos, entre otras cosas, se han entregado a esta dinámica de la competencia individual como lógica misma de la política. Han renunciando a proyectos colectivos, reconociendo prioridad y dando legitimidad a la búsqueda de logros personales por encima de objetivos estratégicos partidistas. El perfil de dirigentes y candidatos que así se depuran es el de personas centradas en sus metas personales, distantes de programas partidistas y ajenos a proyectos de cambio social. La exaltación del mérito personal, del triunfo individual y de las apetencias personales se vuelve el objetivo de la política, entendida como la disputa de estos intereses, soslayando, cuando no renunciando a, construir caminos alternativos para lograr un mejor país en el futuro mediato e inmediato.

Tres imágenes, me parece, pueden sintetizar la actual situación de los políticos encumbrados: la alegría infantil de Ricardo -Tricky Dicky- Anaya frente a los gritos de “presidente” de sus partidarios la noche de la elección de gobernadores en 2016; la cara radiante de gran éxito individual, libre de carga política, de Alejandra Barrales al ser designada presidenta del PRD y la cándida declaración de José Antonio Meade de que el día de su destape fue el más emotivo de su vida.

Ese entusiasmo del ego, esa felicidad con el mérito propio, esa alegría del triunfo personal me resultan escandalosas cuando se trata de personas que asumen o buscan cargos de gran impacto social en todo el país. No creo que pueda hacer bien esas tareas una persona que disfruta hedónicamente semejantes logros antes que sentir el enorme peso, la descomunal responsabilidad y los brutales riesgos nacionales de la tarea que emprenden.

Extraño el rostro adusto de Cuauhtémoc Cárdenas y de otros hombres de Estado, antes preocupados por el destino del país que alegres por éxitos que sólo la miopía política permite ver como merecidos premios.