Todo un suceso resultó el estreno de la película “La 4ª Compañía”; con un poderoso cuadro de actores mexicanos y una tremenda historia de corrupción, toma la gran pantalla para hablar de la sórdida vida en las cárceles mexicanas. Esta película, que, por fortuna, se aleja de los gastados tópicos del cine mexicano: comedias ligeras y narcotráfico, se basa en una historia real, una de esas tantas historias de personajes oscuros en la política mexicana, uno de tantos secretos a voces que, al exponerlos en la pantalla grande con nombres, fechas y colores, se vuelve tan deleznable que causa risa. Ese es uno de los grandes aciertos de la película, la presencia del humor en medio del abuso, la tortura y la desolación.

Por si los datos duros fueran pocos, la película mezcla momentos claves de la historia con videos originales guardados en los archivos históricos y en la prensa. Es decir, la historia se vuelve tan increíble, que es necesario mostrarnos con pruebas fehacientes que en verdad ocurrió. No voy a hablar de la trama porque el lector debe descubrirla, sólo quiero mencionar que uno de los personajes principales es “El Negro Durazo”. Yo era una niña cuando ese personaje apareció en la televisión, señalado como un hombre corrupto y malvado. Pero ningún señalamiento de esos tiempos me hubiera hecho imaginar lo que la película devela.

Mención aparte merece el atinado casting de actores a quienes he tenido el gusto de ver en el teatro y ahora me vuelven a maravillar en la pantalla grande: Adrián Ladrón, Darío T. Pie, Hernán Mendoza, Gabino Rodríguez, Carlos Valencia, Manuel Ojeda, José Sefami y Waldo Facco. Dicen que los actores de teatro no funcionan en el cine, pues ellos demuestran que un buen actor lo es donde lo pongan.

Es muy importante que usted vea “La 4ª Compañía”, porque es una gran película realizada por creadores mexicanos, porque de su presencia en las salas depende la permanencia de la película y contribuiremos a que se realicen más proyectos como éstos. En México no existe una industria del cine como en otros países, nuestros actores no son laureados ni flasheados en la alfombra roja ni expuestos en las revistas para promover sus proyectos; ellos están ahí por amor a su oficio, por la utopía de mostrar que hay grandes talentos en nuestro país. No los obliguemos a irse, a desarraigarse, mejor apoyemos lo que está bien hecho.