Con motivo de las épocas navideñas, mi mamá insistió en comprarme un regalo. Le dije que no era necesario, que no me parecía justo que gastara su dinero en mí, pero ella insitió; me dijo que ya lo había pensado desde hace mucho: es un rebozo bordado para que uses en el teatro, pero quiero que lo escojas a tu gusto. Salimos al centro, las calles estaban atiborradas de gente, los estacionamientos llenos, música ensordecedora. Empecé a dar vueltas buscando lugar en cualquier estacionamiento, pero era inútil, todos los estacionamientos estaban llenos. Empecé a perder la paciencia, le dije: Es imposible, no se puede ni caminar a gusto, nos pueden atropellar. Mejor regresamos a la casa y no gasta usted su dinero o vamos a una plaza comercial y me regala otra cosa. Sus ojos se pusieron tristes, guardó silencio y bajó la cabeza.

Entonces hice un último intento, logramos estacionarnos y luego, tomadas de la mano, caminamos entre el gentío. Iba muy contrariada por la terquedad de mi madre ¡No había necesidad!, pero en algún momento me di cuenta que llevaba años sin salir con ella de la mano, años, muchos, desde que era niña y hacíamos ese mismo recorrido para comprar mis cosas de algún baile escolar, sólo que en esos tiempos ella me guiaba -con más paciencia que yo-, ahora yo la guiaba a a ella. Su edad ha vuelto sus pasos lentos, su equilibrio precario la atemoriza ante cualquier escalón. Se me llenaron los ojos de lágrimas.

Mi mamá ha cambiado su ritmo y yo debo aprender de ello. Dicen que el primer ritmo que escuchamos es el latido del corazón de nuestra madre, tendríamos que reconocerlo y saber cuándo ha cambiado para aprender a acompañarlo. El tiempo hace tantas cosas en nosotros, somos tan tontos, no lo imaginamos. Respiré una enorme bocanada de paciencia, llegamos con la turca, elegí el rebozo, mi mamá no cabía de felicidad. Regresamos al auto sin prisa, compramos elotes en el camino y los comimos en silencio, me sentí niña de nuevo. El tiempo también es tonto, no sabe que podemos burlarlo cuando tomamos la mano de nuestra madre y echamos a caminar. Mi mamá me dijo que íbamos por mi regalo, tenía razón, pero el regalo no fue el rebozo, fue el viaje a mi infancia tomada de su mano. Uno nunca sabe cuándo será la última vez que caminará de la mano de su madre, es importante saberlo y con ello valorar el tiempo que ella está con nosotros.