Todo mi teatro, toda mi letra está inspirada en las mujeres que voy conociendo a lo largo de mi vida. Todo empezó con mi abuela, ella era una gran narradora y siempre tenía una historia llena de imágenes para compartir conmigo. Cuando mi abuela dejó de estar en este plano, un vacío de palabras se instaló en mi vida y, junto a él, una enorme tristeza. Para mi fortuna, aparecieron otras mujeres que compartían sus historias y el teatro surgió como el lugar perfecto para reflejarlas. ¡Es tanto lo que puede vivir una mujer en su vida! Algunas temen compartir porque la violencia es uno de los signos más presentes; la violencia disfrazada de amor, amistad o familia. Me impacta que la mayoría se asumen como seres débiles y sumisos. La vida en violencia les impide ver su enorme capacidad de trabajo, de resistencia y todo lo que significan para las personas que las aman de veras. Alguna vez hablamos de lo violentas que podemos ser las mujeres con otras mujeres, me incluyo, es un largo camino que hay que andar y aprender. Crecimos inmersas en una cultura que nos impide reconocernos como los seres poderosos que somos.

Podría enumerar un listado de las terribles situaciones que atravesamos las mujeres en el mundo, pero prefiero hacer conciencia de nuestras capacidades para alejar esa imagen de debilidad relacionada con nuestro sexo. ¿Qué mujer es débil cuando trabaja de sol a sol para mantener a sus hijos? ¿Qué mujer es tonta cuando administra su economía a la perfección por lo grande que es su familia y lo limitados que son sus recursos? ¿Qué mujer es inútil cuando además de trabajar regresa a casa a poner orden, educar a los hijos y alimentarlos lo mejor posible? Lo único que no me gusta de escuchar las historias de las mujeres es notar que ellas se han creído ese discurso que las señala como débiles e indefensas y no les permite mirar que levantar una familia es una misión de gigantes. Quizá por eso las mujeres podemos ser las musas ideales de muchas historias, las grandes protagonistas que iluminan el mundo. Siempre digo que por las manos de las mujeres pasa la vida, porque ellas alimentan, crecen, acarician, aleccionan, sanan y abrazan. Las mujeres de mi vida nunca serán rostros de portada en una revista, ni la imagen perfecta de un producto televisivo, pero siempre serán las heroínas de su propia vida y por ello merecen toda mi admiración.