Cruzarse de brazos cuando el problema es incipiente es la peor actitud para encontrar solución. Eso pensaba al pasar durante todos los días de una semana frente al Justo Sierra, nombre oficial del auditorio, ahora bautizado como Che Guevara. No se trata de menospreciar a tan ilustre revolucionario, merece más. Lo no comprensible es cómo las autoridades de la UNAM se muestran impasibles para recuperar el inmueble habitado por nacionales y extranjeros de ideologías rayantes en el libertinaje.

Asistí el año pasado a la Facultad de Filosofía y Letras, como participante y ponente del Congreso Rethinking Gender from the Global Shout (Repensar el Género desde el Sur), y durante toda mi estancia me violentaba observar a esos individuos provenientes de un pasado superado. Le pregunté a un hombre que vegetaba en ese espacio la razón de su ocupación: “Este es el último lugar en el mundo donde se practica la libertad”, me dijo y me permitió mirar en el interior, el olor a sudor y a otras secreciones íntimas era lacerante

Estos recuerdos resurgen cuando me entero del tráfico de drogas campeante en instalaciones del mayor centro educativo nacional. La autonomía mal entendida y fielmente fijada en el pensamiento universitario es que ésta es sinónimo de extraterritorialidad. El paradigma no tiene evidencia, nada ni nadie puede estar por encima de ley. Ciudad Universitaria no es el Vaticano.

Si la vigilancia particular no es suficiente, hay que abrirle las puertas a las policías en aras de preservar el buen nombre de este centro educativo superior. Este pensamiento me viene a la realidad cuando, por cuestiones filiales, acudo al campus de la UADY ubicado en el oriente de la ciudad. Disfruto mi periplo por ese territorio, es impresionante ver surgir de entre la flora edificios que recuerdan las impresionantes pirámides mayas. Estamos lejos de que nuestros jóvenes desprestigien el buen nombre de esta institución.

Para prevenirlo, es necesario anticiparse, creo que no lastimaría a ningún universitario que un contingente de policías seleccionados por su entrenamiento de vez en vez diera rondines por esos espacios del conocimiento, de tal manera que su presencia sea parte del entorno y además desaliente la acción de malandrines dispuestos a sublimar las desviaciones de algunos jóvenes por gustos a los enervantes.

La prevención es el mejor antídoto para las patologías físicas, analogía muy a modo en la prevención de las patologías sociales. Para evitar males mayores hay que ir un paso delante de los malandros. Pienso luego existo.