Hace unos ayeres, la tarea del maestro se asimilaba a un “sacerdocio” o “apostolado” y la escuela a un “templo del saber”. La enseñanza, más que una profesión, era una “misión” a la que uno se entregaba, lo cual supone una gratuidad proclamada que no se condice con lo que la sociedad espera de una profesión, entendida como actividad de la cual se vive; es decir, de la que se obtiene un ingreso y ventajas instrumentales como el salario y el prestigio. Pese a ello, desde el origen, existió tensión entre estos componentes pre-racionales del oficio de enseñar y la exigencia de una serie de conocimientos racionales que el maestro debería aprender y utilizar en su trabajo.

El papel que juegan la escuela y el maestro en la reproducción de la sociedad depende del lugar que ocupen en la estructura del sistema de instituciones que cumplen funciones sociales análogas. La escuela está sometida a un nuevo conjunto de demandas sociales y en algunos casos se le llega a pedir lo que las familias ya no están en condiciones de dar, como contención afectiva, orientación ético-moral, orientación vocacional y en relación con el diseño de un proyecto de vida, etc. Estos nuevos desafíos se traducen en exigencias para el perfil de competencias del docente.

Hoy por hoy, se espera que la escuela y el maestro no sólo formen sujetos en sentido genérico, sino que contribuyan a la producción de capital humano o fuerza de trabajo entrenada. El maestro debe ser también un orientador vocacional y como tal tener un conocimiento del comportamiento del mercado de trabajo. Formar recursos humanos obliga a la escuela y a los docentes a multiplicar las ocasiones del aprendizaje más allá de los límites del aula, lo cual, su vez, requiere nuevas actitudes y competencias; considerando de igual forma que la aceleración de los cambios sociales en la ciencia, la tecnología y la producción social obliga a una actualización permanente de los docentes para que la formación que ofrecen esté a la altura de las demandas sociales.

El nuevo docente se encuentra situado en un contexto donde la división del trabajo pedagógico es mucho más compleja en la medida en que se incorporan nuevas figuras profesionales. Tomar iniciativas, asumir responsabilidades, evaluar, trabajar en equipo, comunicación y resolución de conflictos se convierten en competencias estratégicas que los definen en su nuevo rol profesional.

El camino de la profesionalización de los docentes se encuentra lleno de obstáculos; sin embargo, una política integral que busque favorecer una nueva profesionalidad docente deberá contemplar intervenciones articuladas en tres dimensiones básicas: la formación, las condiciones de trabajo y de carrera y el sistema de recompensas materiales y simbólicas que se ofrecen.