Ernest Hemingway es recordado por esta frase representativa: “Se necesitan dos años para aprender a hablar y sesenta para aprender a callar”. La capacidad de la elocuencia es una de las habilidades más codiciadas entre la clase política, claro, siempre con fines persuasivos. El arte de hablar y dominar el recurso de la retórica es imperativo en cualquier político que busque la transformación de un entorno, para bien o para mal; sin embargo, los silencios también representan un valor poco visualizado.

Es claro que, en la actualidad, en donde la información cambia minuto a minuto y nos asedian, interrumpen y aturden como cañonazos desde cualquier frente, ya sea televisión, radio y/o celular, ha representado un elemento que visualiza más a los políticos que buscan acceder a las más altas esferas del ejercicio del poder. Me explicaré de otra forma: antes vivíamos unos cuantos meses de campaña, ahora tenemos campañas permanentes, cuyos personajes hablarán y harán de todo con tal de hacerse notar, muchas veces de manera vacía, sin aportar, sin construir, desperdiciando la oportunidad del silencio político, ya que le temen, muchos de ellos y ellas, a su olvido.

En política, ese silencio no significa necesariamente ausencia de palabras, sino la demostración de que no necesitan un escaparate público para actuar; las acciones prudentes y silenciosas son mucho más loables que aquellas que buscan únicamente la foto, los “likes”, las felicitaciones. En “el arte de callar” se manifiesta esto de manera literal: el silencio es tan expresivo que se vuelve una lección para los imprudentes y un castigo para los culpables.

Bajarle los decibles al show mediático de la vida pública es oportuno, inteligente, educado y bien retribuido por la sociedad, y más ahora con los cambios evidentes, quienes sepan administrar de manera adecuada el silencio político podrán, en muchos casos, reivindicar su mal paso; es una oportunidad de oro para renovarse, analizar, contrastar y reencontrarse con los valores que se perdieron en el camino.

Tenemos una oportunidad única de alcanzar una política de grandes personajes, basada en el silencio de palabras y ruido de obras. Necesitamos grandes hombres y mujeres que muevan a la política de manera real, que transformen, que mejoren y trabajen día a día para tener un mejor país.

Y como ciudadanos debemos rehusarnos a continuar comprando en la tienda de raya ideológica, y volvernos verdadero contrapeso del sistema que sigue inyectando el miedo al cambio, rechazando el sistema que nos robó a los jóvenes la oportunidad de acceder a la seguridad social, a las pensiones, a trabajos bien remunerados, a tener un futuro como lo tuvieron nuestros padres y abuelos.