Una tarde de clásico nacional, mientras conversaba con un viejo amigo de la escuela, llegamos a la conclusión de que el mundo del futbol no orbita tan lejos del universo literario. Y, para hacerlo más claro, iniciamos un juego en el que dividimos a escritores y futbolistas entre académicos y cancheros; colocando como rector de la máxima casa de estudios pamboleros al genio Zinedín Zidane y ubicando como poeta maldito al inigualable Cuauhtémoc Blanco. Ambos excelentes prosistas del esférico; llaneros de su propio género en el terreno de juego. Y aunque uno tiene orígenes argelinos y el otro surgió de un barrio digno del realismo mágico llamado Tepito, los dos hacían poesía con el mismo lenguaje: el de las patadas.

En este sentido, los lectores somos hinchas de los regates en los cuentos de Julio Cortázar, quizá el último Maradona que han dado las letras argentinas. Mil veces nos hemos ido con la finta de ciertas portadas en las librerías. Estoy seguro de que más de uno se preguntó, después de saber que Kafka mandó a quemar sus libros: “Ah no, bueno...¿de qué te vas a disfrazar?”. Incluso podríamos concluir que algunos libros del autor chileno Roberto Bolaño son unos verdaderos “zambombazos”. Y eso sí, esperamos el soñado quinto partido de la selección mexicana con la misma desesperanza de Borges al esperar el premio Nobel.

La magia en los pies de Ronaldinho habita de igual forma entre las manos de Rubem Fonseca o Joao Guimaraes Rosa. Y nunca olvidaremos aquel gol anotado por el holandés Dennis Bergkamp en el mundial del 98, al que el Perro Bermudez tuvo a bien calificar como un poema. Conservaremos partidos inolvidables en el mismo sitio de nuestra memoria donde se encuentran novelas y versos. Y estoy seguro de que continuaremos a la espera, de aquel poeta, que se muera en la raya de la página en blanco.