“Confieso que he vivido” es el nombre del libro autobiográfico del ganador del premio Nobel Pablo Neruda. Un tipo que, según mencionan papeles oficiales, tuvo una vida difícil. Cambios políticos, represión, golpes de estado y un etcétera casi tan extenso como el “Canto general”.

Confieso que no he vivido lo suficiente, tengo apenas 27 años y mi mayor problema es no haber leído, precisamente, la obra de Neruda. Pero en este breve tiempo compartiendo piso con otros humanos, he podido conocer a unos cuantos escritores. Y aunque la mística con la que normalmente los visten las películas no se ve a primera instancia, me atrevo a decir que el milagro se encuentra en otra parte. Confieso que he conocido autores jóvenes, capaces de trazar las cuentas del alquiler, como si se tratara de un lienzo de Picasso. Escritores de extraños poemas, que piden al del bar que les repita la canción, por favor, porque les recuerda la infancia o el amor primero. Prosistas exhaustos, que teclean desde redacciones sonámbulas, capaces de llevar intactas esas doscientas cincuenta palabras hasta el periódico que nos hace llevadero el desayuno. Confieso que he intercambiado palabras con jóvenes poetas, creadores de versos refugiados en alguna página de internet, que llevan con gran lírica la comida del restaurante hasta la mesa donde nos sentamos, cansados del día laboral, mientras odiamos al mundo en silencio.

He contemplado a personas que desarrollan la disciplina de leer en escandalosos camiones, en las oficinas telefónicas, o esperando turno a la mitad de la cola en el banco. Gente que lee en cada pausa de luz que brindan los postes de las calles, después del pestañeo de la jornada, y que se repiten a sí mismos: es hora de volver a casa. Creo que uno nunca vive lo suficiente. Puedo jactarme de haber  estado ahí, en las lecturas de café, entre los que sueñan con salir del anonimato, escuchando, espero, el próximo gran libro.