Entre las hojas perdidas de una enciclopedia y la lista improvisada del supermercado. O cuando se ha agotado el tiempo, a la vuelta de una cita con el especialista. Leer. Ante todo y después de todo, porque ni mil ferias de la lectura dejan satisfechos a los voraces, nocturnos acumuladores de palabras. Leer para siempre y por siempre, las miles de bardas que a duras penas nos dirigen un mensaje publicitario, una confesión de amor, un afortunado insulto.

Leer para qué y por qué, si a pesar de las aduanas educativas restringiendo contenidos o reformándolos, continuamos leyendo lo que se nos pega la gana. No se ha perdido la costumbre de visitar antiguos chismógrafos escolares para descubrir, como una vuelta de tuerca, que el amor a los doce es quizá el más interesante. Nunca se retirará de nuestros corazones la ansiedad de un te extraño, recibido a la mitad de la madrugada. El mensaje de la botella, las palabras en la arena que el mar devora, la novela de superación personal, el poema mal escrito en una carta, los cuentos que te acompañan hacia el sueño, las planillas históricas de la primaria; estampida de actas, documentos, oficios; la esquela cenicienta de la persona a quien ya no volveremos a ver, los artículos de opinión, los entrañables libros durante el viaje.

Con los ojos o las manos. Con la cabeza hecha un nudo, cuando dejamos dormir a la jornada. Desvanecidos en la sonrisa de la hamaca. Debajo del último árbol en la calle. Sorprendidos de lo que nos depara a la vuelta de la página. De perfil, tres cuartos hacia la lámpara, esperando por favor que el último suspiro de las luces no nos abandone a la mitad del relato. Leer y leer, a pesar de las estadísticas y los porcentajes. Ler, con una e, cualquier palabra que nos caiga en las manos… Porque así somos de malcriados, vagabundos e inconformes: los lectores.