Intenté, por vigésima ocasión, releer la tesis del norteamericano Harold Bloom “Shakespeare. La invención de lo humano”, en la que a través de novecientas páginas el catedrático, sin ceder a la especulación pero tampoco a la modestia, descifra lo que para él quiso decir el autor de Otelo.

Como era de esperarse, el efecto somnífero del libro me obligó a caer rendido en un maremoto de aforismos y citas bibliográficas. Preferí quedarme con la teoría de mi maestra de preparatoria, quien sin mayor academicismo nos confesó que Otelo era una obra de teatro sobre un hombre feo que tenía mucha lana. Pero principalmente era una obra sobre el amor y la venganza y por qué no, sobre el amor hacia la lana.

Gracias a esa profesora los doce alumnos de Literatura mexicana entendimos que Arreola era un viejito amigo de Rulfo al que le gustaban los animales y la poesía. También nos pidió de favor no leer a los chavos de La Onda, ya que se la pasaban hablando de pura leperada.

Del Boom nos enseñó lo más importante. Un movimiento en el que estuvo García Márquez (y otros más de cuyos nombres prefiero no acordarme) que se llamaba así porque su aparición fue similar a la de una bomba. Aún no me queda claro si fue molotov o atómica, pero esa es tarea de los doctores de La Soborna, de los críticos y tal vez de un par de escritores.

Espero que el profesor Bloom, Terry Eagleton y Roland Barthes me disculpen por no saber citar correctamente en formato APA, y que no se burlen por no comprender a la perfección esa cosa extraña llamada literatura. A Bloom lo he vuelto a colocar junto a todos esos libros que hasta la fecha sigo sin poder leer. Ahí se encuentran el Ulises de James Joyce y La región más transparente del prócer de las letras nacionales Carlos Fuentes. Por el contrario he sacado del baúl el cuaderno Scribe que utilicé durante el quinto semestre de la preparatoria, en donde proliferan los gerundios y la mala ortografía, pero sobre todo una serie de enseñanzas incompletas. Un poco por la desidia de entrar a las clases, un poco por estar metido en esa cosa extraña que pasa mientras pensamos, llamada vida.