En estos días que transcurren y que parecieran movernos hacia sentimientos específicos, encuentro de nuevo que el retorno a lugares conocidos resulta ya en una tradición más íntima. Hablo desde la melancolía de un noviembre que nace con la conmemoración de todos aquellos que ya no están con nosotros, los que se adelantaron, los que regresan y por quienes esperamos. ¿Hay una norma que rija el hecho de que durante estos aires melancólicos uno se reencuentre con ellos mediante los sueños?

Me refiero a todas aquellas ocasiones en las que, en nuestro mundo onírico, logramos retornar a un instante preciso en el que revivimos una voz, una caricia, una mirada o un beso. Afirmo que se avivan los pensamientos encendidos y que los corazones laten más fuerte en los altares que aguardan la llegada de los ausentes. Se trata, querido lector, de una clase de sueño donde los dos mundos conviven; por supuesto que es posible.

La historia que esta semana nos ocupa lleva tonos de recuerdo. En “Me alquilo para soñar”, del autor Gabriel García Márquez, la narración comienza con el relato de un suceso que no se queda en el presente. Es decir, se mueve en todas las direcciones para mirar cómo se ha llegado al punto presente: la muerte del personaje principal; una mujer que leía el futuro cotidiano de las personas mediante sueños.

Naturalmente, el universo fantástico y mágico en el que se desarrolla la historia nos hace repensar todas aquellas ocasiones en las que nosotros mismos hemos sido ese puente premonitorio. Comparto que hoy en día sentimos más, que los aires traen una sensibilidad sobrecargada y que de momento somos capaces de mirar el futuro; sentirlo realmente.

Como un ciclo amable esperado, vivimos con la certeza de ser visitados y con la esperanza de que algunos mensajes se nos revelen entre sueños; para esto hemos dejado una ofrenda que nace del corazón. Invito a que seamos quienes se alquilen para soñar a quienes se encuentran ausentes y regresan aun cuando en la mente nunca se han ido.