Resulta cada vez más difícil maravillarse de algo o de alguien; la vida va de prisa y pareciera que eso implica no detenerse a mirar lo que nos rodea o a quienes nos rodean. Estamos tan acostumbrados a mirar hacia arriba o a los lados, que muchas veces olvidamos mirar hacia abajo, hacia un par de ojos, cuatro patas y una cola que se menea frenéticamente. Tendríamos que darnos más tiempo.

Cada quien elige el peso que le da a sus dolencias; esas circunstancias incontrolables que llegan a sacudir la seguridad que hemos forjado en forma de cariño animalístico. En este sentido, sepamos que no solo el humano abandona a los animales, también ellos pueden irse y dejarnos. La diferencia, lector, es que en ellos hasta el acto más triste, como morir, está cargado de amor y pureza.

Pablo Neruda escribió un poema que engloba este sentimiento y otros mucho más profundos. En “Un perro ha muerto”, estamos frente a los versos de quien ha perdido a su mascota y no se tienta la pluma para defender el significado que su animal ha tenido. No hay una romantización de una relación entre ellos, sino una exposición íntima y única que denota el grado de amor que existió y la tristeza tan grande que lo embarga.

Uno de sus versos, dirigido al nombre de su perro, dice que “no hay ni hubo mentira entre nosotros”. Ciertamente es así, ante ellos nos mostramos como realmente somos. No podemos fingir porque su percepción es más grande que la nuestra; entonces nos encontramos ante la mirada de un ser que lee sentimientos sin juzgarlos. Un intercambio puro.

Después de una muerte repentina queda la tristeza. Pero descubro que poco a poco el pesar se convierte en recuerdo amable y va transformándose en agradecimiento. Por haberlos tenido y haber sido el uno del otro, o “sus humanos”.

Me han dicho que las circunstancias hay que aceptarlas y abrazarlas con bondad. En caso de ausencia canina, lector, lance unos versos al aire en nombre de quien ya no está y agradezca.