Hay una magia especial que se esconde detrás de todas las ocasiones en las que hemos recibido un regalo. ¿Qué es lo que llevan esos aires especiales? Quizás el encanto radique en la idea de que recibiremos algo y entre expectativas ilusionadas vamos tejiendo un mundo de posibilidades que a su vez van condicionadas a lo que creemos merecer. Muchas veces esperamos lo que merecemos.

Es momento de regresar por un momento a la infancia, no significando esto una exclusión a proyecciones actuales que podamos encontrar en el camino de esta lectura. “El cavaco”, del autor portugués Miguel Torga, es un cuento que esconde guiños que prometen tocar las puertas de nuestra sensibilidad y abrirlas sin permiso. Como si nosotros, al leer, estuviéramos conscientes de las implicaciones que historias como ésta pueden traer.

En la humildad de una familia cálida, conocemos a Julio. Un niño de 10 años que ha recibido una calificación sobresaliente en sus primeros exámenes. Ante esto, su padre le ofrece un regalo que recibirá al día siguiente. ¡Un regalo! Julio jamás había recibido un regalo. La pobreza en la que vivían no permitía que en el horizonte de su joven mente pudiera cruzar tal idea. Podemos imaginar entonces que tampoco sabía qué sentir exactamente. ¿Expectativas elevadas? ¿Miedo ante un sentimiento nuevo? ¿Qué era lo que Julio creía merecer?

A la mañana siguiente la espera se volvió el motor del día, el niño se había levantado temprano para cumplir con los quehaceres de la casa; ató a la cabra y después de eso se rindió ante los deseos de su cuerpo ansioso: esperar a su padre a la entrada del pueblo. Nosotros que conocemos de esperas, sabemos que pueden resultar primero dulces y luego amargamente desesperantes; así fue para Julio y su madre.

Hay algo que en este punto nosotros sí sabemos y Julio nunca supo; cuál era su regalo. Antes de que recibiera la noticia del asalto y muerte consecuente de su padre, una especie de guitarra llamada cavaco iba en dirección a sus manos que nunca tocarían esas cuerdas.