Uno no sabe a ciencia cierta en qué momento será sorprendido. Por supuesto que de ahí viene la naturaleza de las sorpresas; su encanto. Es decir, la mayoría de las veces no somos capaces de distinguir por dónde ni cómo vendrá el siguiente recurso que servirá de móvil para un instante de paz, de euforia, de sonrisas, de trauma musical; de caricias al alma.

Esta semana la lectura resultó peculiar, considerando aparte que ha llegado por medio de la virtualidad. Las lecturas sorpresivas no conocen de tiempos ni momentos idóneos, simplemente llegan para quedarse en nosotros.

Partiendo de letras que fueron leídas a partir de una pantalla, advierto que la historia también resultó una posibilidad increíble; como si todas las respuestas que ya están establecidas a los eventos de la vida humana fueran fácilmente desplazables por una explicación más bella y moderna de un mismo hecho.

Dentro de la historia, la autora norteamericana Mallory Ortberg relata a partir de diálogos. Como si supiera de antemano que hoy en día nos comunicamos a momentos, ya sea cuando es nuestro turno de hablar o cuando nos toca responder un mensaje. Hay emociones y ritmo.

Los personajes son dos, un fantasma que vive en un celular, y el dueño del aparato. La interacción resulta mágica y sorprendente, las pláticas van llenándose de familiaridad como si el fantasma hubiera sido asignado y tuviera un momento clave para aparecerse en la vida.

La amistad crece y de pronto surge la ausencia. Los fantasmas que viven en los celulares a veces no son muy buenos para soportar caídas aparatosas. Sin embargo, los amigos siempre buscan la manera de tomar contacto de nuevo.

Años más tarde y en otro celular, el fantasma regresa para escribirle a su amigo, quien lo recibe alegre pero preocupado, como quien entiende que, en estos días en los que reina la virtualidad, las maneras en las que se comprenden las cosas a veces llegan por mensajes en pantalla. Finalmente entiende todo; uno desconoce realmente cómo van a venir a buscarlo para irse al otro mundo.