Uno puede convertirse en el protagonista de cualquier historia cotidiana que esté a punto de ocurrir. Es cierto que pasamos nuestros días entre escenarios imaginarios en donde actuamos y ganamos las discusiones más complejas ante los adversarios más retadores. Ya sea que se trate de batallas internas o de la fantasía personal que supone sabernos únicos; personajes inigualables.

En esta semana narraré a partir de mi voz, si bien la protagonista de la historia que contaré no fui yo, advierto que estuve muy cerca de ella y fui testigo de lo magistral que resultó observarla en medio de un caos momentáneo.

Transcurría el calor de las dos de la tarde en un transporte colectivo de tamaño pequeño, la máquina iba con la velocidad suficiente para que las rodillas de los pasajeros bailaran sin control y chocaran con las extremidades ajenas haciendo que los rostros pidieran disculpas por el atrevimiento de invadir el espacio del otro.

La mujer sin nombre parecía resaltar de entre todos los presentes, no por su olor, ni por su edad, ni por su manera de hablar, sino por la actitud tan segura que tenía al escribir notas poéticas en una hoja que vibraba a la par de los baches urbanos. Tomemos un instante aquí para imaginar la poesía que supone mirar cómo los dedos convierten movimientos dactilares en versos escritos y suspiros aprobatorios por parte de la autora en turno.

De pronto sucedió. Del lado izquierdo de la combi, una camioneta excedió la velocidad y rozó levemente el transporte público en el que veníamos la poeta y yo. El sonido de las llantas frenando resultó ensordecedor y las impresiones vocales colectivas se vieron opacadas por un grito de guerra que salió potente del pecho de la poeta: ¡Nooo, mis poemas!

Pareciera que le hubieran arrancado el alma. Un colapso nervioso se apoderó de sus manos y de sus ojos al mirar que sus versos salieron danzantes de la ventana para dirigirse al asfalto caliente. Pronto el responsable de su pérdida la escucharía: “¡No quiero mis ocho pesos, devuélveme mis versos!”.