Entre frases al aire que no han sido requeridas, me he descubierto repensando la realidad que nos rodea. No me refiero a aquellos sucesos que nos tocan como personas o como humanos; sino a todas y cada una de las veces en las que dejamos que “nuestra mente vuele”. Son ciertas las palabras de nuestros mayores cuando afirman que tenemos el don de “papalotear”.

Invito a imaginar; a ser conscientes de que quizá de un hilo penden todos nuestros pensamientos inciertos y que se elevan alegremente y sin control. ¿Esto también debe ser considerado como realidad? Es decir, la capacidad que tenemos para irnos lejos de nuestra cotidianidad y pensamientos cerrados; el pensar en lo improbable y disparatado en donde “el hubiera” sí existe.

La historia que nos toca esta semana viene con dos elementos que resultan atractivos para cualquier individuo que goce del entretenimiento ajeno: la realidad y la fantasía. “Levitación” (1958), del autor estadounidense Joseph P. Brennan, cuenta la historia de un circo de baja calidad que iba de pueblo en pueblo mostrando ahora su nuevo atractivo: un hipnotizador.
El público en turno pareció accesible cuando el hipnotizador solicitó un voluntario para llevar al cabo el acto; la misma audiencia reprobó la etiqueta cirquera porque un espectador aventó una bolsa de palomitas hacia el voluntario y las carcajadas reinaron ante la paciencia del hipnotizador quien, lleno de furia, buscó la manera de controlarse y seguir. Solicitó un nuevo voluntario, específicamente a quien había burlado la solemnidad del acto.

A los minutos de comenzar, el hipnotizador ordenó al voluntario que comenzara a elevarse; y sucedió, la levitación era inminente. Lo que no se esperaba nadie, era la muerte instantánea del hipnotizador; naturalmente, no alcanzó a dar la orden de retorno.

Invito a considerar en qué momento de esas dos realidades vivimos: elevados o en la tierra. Cierto es que la liberación viene de muchas formas; lo ideal sería aceptar ambos mundos como posibles y estar siempre a la espera de una orden para elevarnos cuando el alma lo necesite, y bajar cuando se requiera.