No es un secreto que el ser humano tienda a hablar consigo mismo. Ya sea en la privacidad de la hora del baño, cuando el agua refresca las ideas, o cuando nuestra mente se ha llenado de tantas y tantas palabras y de pronto parece imposible mantenerlas resonando en el pensamiento. Recordemos todas esas veces en las que tendemos a dialogar con nosotros, de sabernos hablante y escucha al mismo tiempo; como si se tratara de un talento para por un momento poder salirnos de nosotros.

En esta ocasión, parto de uno de mis poemas favoritos, escrito por un poeta que nos ha dejado a un tiempo de ciento tres años: Nicanor Parra. Desde él se escribieron todos los universos posibles en donde sus pasiones literarias escritas, matemáticas y físicas pudieron vivir entre versos imposibles. En su rebeldía y genialidad, creó los antipoemas como una manera hermosa de romper las reglas establecidas y marcar un camino que fue construido letra por letra.

“Soliloquio del individuo” forma parte de su poemario Poemas y Antipoemas en 1954. Tal pareciera que ahora pudiéramos mirar y asentir con cada parte escrita que fue disparada en forma de reclamo amable.

Dentro del poema, Nicanor Parra mantiene una musicalidad que pareciera ir evolucionando al mismo tiempo que verso tras verso resulta una “radiografía” de la evolución humana y el mal camino que pudo haber tomado. Se parte de una roca que fue hogar, cuando los instintos eran lugar seguro y la modernidad no había corrompido el alma de las personas. Se habla también de todos aquellos fallos que resultan ahora tan familiares, y que se sienten enteramente cotidianos.

Tras un incesante “Yo soy el individuo”, pareciera que el poeta extiende una invitación para sabernos ese hombre que evoluciona, el mismo que no ha sabido llevar el ritmo del cambio y se desvía en el proceso. Pero, en esta ocasión, quiero pensar y sentir que es Nicanor “el individuo” que habló de su propia evolución; quién diría que los poetas pueden anti-escribirse y aun así lograr permanecer en la memoria.