Vivimos rodeados de muchas cosas que en realidad no quisiéramos saber. Pareciera que día tras día los actos humanos van en contra de lo que nuestro corazón y nuestro entendimiento empático pueden soportar. Detrás de los oídos llevamos todas aquellas noticias lamentables de tanta gente desaparecida y de otros tantos muertos. ¿Nos acostumbramos? Por supuesto. La crudeza y la crueldad también pueden convertirse en algo cotidiano.

Esta semana nos ocupa una historia relatada por la autora argentina Mariana Enríquez, quien en su cuento “El chico sucio” llega sin permiso para probar los límites de nuestra sensibilidad. Adelanto, estimado lector, que desgraciadamente los temas a tratar forman parte ya de una realidad que agobia el entendimiento mexicano.

Con una escritura magistral, la autora nos hace imaginar, ver y sentir la historia de una joven que vive en un barrio argentino venido a menos. Su casa, sin embargo, aún conserva la belleza de los años de gloria, cuando las drogas, los delincuentes y los indigentes no habían llegado aún.

Justo enfrente de su casa y debajo de un techo, vive una mujer embarazada y su hijo de cinco años. Ambos en condiciones deplorables, la madre drogadicta y el hijo desnutrido. Un día el chico toca a su puerta diciéndole que su madre no había regresado. Nuestro personaje lo alimenta y lo lleva a la heladería mientras en su caminar nos enteramos de los sectores del barrio haciendo énfasis en uno: el sitio de los rezos a los santos que hacen favores malignos. De vuelta a su casa, aparece la madre del niño encolerizada y perdida entre sustancias; amenazas violentas salieron de su boca. Al día siguiente no había rastro de ellos.

Entonces surge la noticia: encontraron el cuerpo de un niño asesinado violentamente con tintes de ofrenda. Entre averiguaciones y miedo colectivo, nuestro personaje sabía que se trataba del niño, pero la investigación oficial se fue por otro lado.

Las sospechas son fuertes, y tienen maneras de manifestarse. Los niños fueron ofrecidos. La historia golpea aun cuando parezca inconcebible; pareciera que ya estamos acostumbrados a eso.