El taxista José Luis López pasaba por la calle de Escocia, esquina Gabriel Mancera, de la Ciudad de México, justo aquel 19 de septiembre. Sin cliente, paró su auto con placas B15-620. “Tiembla”, pensó. Del desconcierto al susto y asombro porque de repente oyó el crujir del edificio que, zas, se desvaneció… se quedó ladeado y permitió que en una arista quedaran atrapadas 26 personas. Ni siquiera se preguntó qué hago porque la gente se arremolinó y empezó a organizarse para sacar cuerpos de entre los escombros.

José Luis bajó de su taxi y corrió al lugar para incorporarse inmediatamente a las labores de rescate. Una, dos, tres… mil manos ya estaban sacando cuerpos: 18 vivos y 8 sin respiración. Mira desde el espejo de su taxi, retando con sus ojos, bajo unos lentes. Diez días estuvo allí, jalando cubetas para sacar moles de cemento y ventilar la salida para los damnificados. Lo único que hizo antes que nada fue avisar a su familia y advertirles que debían juntar 10 mil pesos para apoyar a los necesitados.

Lo dice llorando porque él perdió familiares en 1985, también un 19 de septiembre. El taxista no es un joven —lejos de un millennial— de los que tanto hemos alabado su empeño por ayudar en los siniestros. José Luis López tiene 63 años, es padre de familia y tiene deshechos los riñones por el trabajo al que se ha dedicado los últimos 40 años. Uno lo ve canoso, de baja estatura, enclenque, pero fuerte; cuenta que con una cuerda bajó de los escombros a la penumbra del edificio y escuchó los gritos de ayuda de los damnificados. “No cabía de mi alegría al escuchar que allí estaba la vida, entre los ladrillos partidos en mil pedazos, envueltos en una nube de polvo”.

—No papá —dijo—, uno tiene que ayudar al necesitado. No se trata de ser joven o viejo. Yo sé que no tengo la energía de los jóvenes, pero he trabajado en la rudeza de los oficios, cargando bultos o empujando mi maldito auto cuando se para... Ayudé por gusto personal, porque así debe ser. Las tragedias son para aprender que todos somos indispensables ante las desgracias…

Ya casi a punto de llegar a nuestro destino lo miras con admiración. Viejo, flaco y enfermo, pero estuvo con los damnificados. No como aquellos jóvenes que la misma noche del temblor ya andaban de juerga.

Miguel Ángel Mancera debiera premiar a seres de esta naturaleza…

TRASPIÉ: Margarita Zavala tiene límites: ninguna foto si eres lesbiana, con pareja e hijos adoptados. Nadie debe verlo, aunque todos la vimos. Amigas, sí, pero en lo oscurito. ¿Quién puede desmentirlo? Ni ella, aunque se arrepienta de prohibir el video.