Verónica Velasco y Epigmenio Ibarra lo intentan. En serio que lo intentan, y hay un momento, en los primeros minutos de la pieza propagandística que ensamblaron, Esto soy —en redes sociales desde hace unos días—, en la que parece que López Obrador, su protagonista, va a moverse de sus territorios habituales. Que va a parar un ratito y va a humanizarse. Se le ve fugazmente contento en Tepetitlán, su pueblo tabasqueño. Contento con nostalgia, con ojos de infancia recuperada. Pero no le dura. La retórica habitual, las obsesiones que lo guían, afloran al tiro. Vuelve el hombre que conocemos: el del discurso de la indignación. El de “la mafia en el poder”. El de “los corruptos”. El de “vamos a seguir en la lucha”. Ese que resume su vida en la política, en las batallas por el trono. Ese que es la quintaesencia del zoon politikon tropicalizado.

Y es así como AMLO le quita a la peli el único interés que podría tener: el desnudamiento, el acercamiento íntimo a un animal político que tal vez no pueda ser desnudado porque Andrés Manuel López Obrador no es mucho más que un animal político; porque lo público, en él, es lo privado, la máscara es el rostro. Lo que sigue es eso: propaganda. No importa a dónde lo acompañen las cámaras, Nueva York, el Zócalo o las regiones mayas de Tabasco, AMLO repite sus mantras sobre los mafiosos y corruptos, e insiste en llamar pueblo, condescendientemente, a sus conciudadanos pobres, y en repetir que esa pobreza va a terminar, como la violencia. Esa machaconería hace que Esto soy parezca un pastiche de cincuenta y tantos de los ya no sé cuántos cientos de miles de spots protagonizados por él que nos vamos a soplar de aquí al 18. Es aburrido como un domingo sin whisky, sí.

AMLO es el político más filmado del siglo XXI mexicano y probablemente también del XX, si excluimos a Villa y Zapata. Le han dedicado sus esfuerzos cinematográficos, por ejemplo, Lorenzo Hagerman en 0.56%, desde un lugar muy diferente, y sobre todo Luis Mandoki, que como a Velasco e Ibarra no le tiembla el pulso a la hora de chapotear en la propaganda, pero que no es aburrido como un domingo sin whisky, sino como toda una Semana Santa. Ese mismo hecho habla de cómo entiende Obrador su papel en la política: no como un oficio para seres eficaces, pacientes y honrados, sino como el terreno de juego del caudillo, del salvador iluminado que camina entre pobres y merece la posteridad. En ese sentido, Esto soy cumple con creces sin saberlo: es un retrato cabal. Debería haberse llamado Esto es lo que hay.