Existe un muy particular tipo de seres humanos, son aquellos que se distinguen por tener lo que yo llamo “la mirada obscura”, este tipo de personas parece especialmente concentrada en encontrar el error, lo condenable, lo inútil o de plano lo francamente impropio, tanto en las personas que las rodean como en las situaciones u objetos que pasan a ser escrutados por su vista. Pareciera que son personas predestinadas a que ante cada solución hallen un problema, ante cada propuesta una debilidad, en toda intención que se presente algo condenable o lo suficientemente errado para ser descartado de inmediato.

Podemos toparnos con este tipo de personas en todos los ámbitos de la vida, tanto un padre de familia como un cónyuge, un maestro especialista en encontrar el negrito en el arroz, un político, un encargado de oficina y en general en una muy amplia geografía de ámbitos en los que se desenvuelvan los seres humanos; pareciera que la negatividad no encuentra límites ante los ojos escrutadores de aquellos que parecen encontrar el significado de su vida en desacreditar tanto las propuestas como los pensamientos y la propia existencia de quienes son distintos a ellos.

Triste realidad que se proyecta a través de las vivencias de nuestros días, en donde nos podemos ir dando de topes ante la mirada obtusa y condenatoria de quien así ha decidido observar el mundo, reduciendo la riqueza de la diversidad humana a una serie concatenada de descalificaciones, propias de quien no solamente no comprende, sino definitivamente no quiere comprender que pueden existir razones fundamentadas contrarias a sus percepciones e ideas.

El efecto que una mirada de este tipo produce en el mundo que nos rodea es francamente catastrófico: imaginen las consecuencias de un padre de familia que se afana por encontrar con una prontitud a toda prueba todas aquellas fallas y defectos que sean posibles hallar en la vida de sus hijos.

Tristísimo resultado ha de esperarse de quien con esta actitud vive reforzando en sus hijos lo que encuentra de fallido y erróneo, los acaba orillando inconscientemente al error; ante la programación reiterada con la cual asegura a aquéllos que sus ideas, decisiones y propuestas son siempre fallidas los conducirá de manera irremediable al fracaso.

Esta actitud será la prueba de la negativa programación que podemos ejercer sobre los demás cuando, después de afirmar que son tontos, repitiendo esta malsana afirmación día tras día, mes tras mes y año tras año acabaremos conduciendo a nuestros hijos al cumplimiento de la profecía y haremos de ellos unos tontos por la insistente programación a la que los hemos sometido.

Para mayor mal, esta situación no es privativa de la familia, ya que el mismo caso con tan nefastos resultados los puede producir un maestro ante su alumno, un superior ante su subordinado, un sacerdote ante su feligrés, un entrenador ante algún jugador de su equipo y en general a través de casi todos los posibles escenarios de la actividad humana.

Quienes así proceden olvidan una regla básica: no es posible construir una casa sobre la arena, sino que es necesario edificarla sobre la roca firme, es absolutamente imposible construir algo positivo partiendo de los defectos y carencias de la persona; si el maestro, sacerdote o cualquier otro quiere en realidad contribuir a hacer algo positivo, es a través de la detección de las fortalezas y potencializando éstas como se puede impulsar el desarrollo de quienes nos rodean, de la misma manera que uno no puede esperar superar los desafíos a que se enfrenta basado en sus defectos, sino potencializando sus virtudes.

Esta actitud condenatoria ante todos y ante todo presta un muy flaco servicio al desarrollo personal y de quienes nos rodean, parece convencer al observador de que quienes están en torno suyo se encuentran irremediablemente condenados al fracaso y corta los puentes de comunicación y de productivas alianzas entre los seres humanos.

Quien se encuentra determinado a encontrar el error irremediablemente lo hallará, quien decida con una sana actitud encontrar en el otro toda la riqueza que como ser humano tiene para ofrecer será precisamente lo que reciba; cada uno de nosotros tiene ante sí la libertad de decidir qué es lo que desea hallar.