Homero Adame escribió que en los centros mineros es común que se narren relatos de espíritus que habitan las minas. Los ejemplos más conocidos son los del Jergas, en el altiplano potosino y zacatecano; del Grafes, en el Cerro de San Pedro en San Luis Potosí; el Gorra de hule, en Chihuahua, y el Gris, en ciertos lugares del centro del país.

Los viejos mineros de Pachuca cuentan historias de seres sobrenaturales que viven en las minas y las cuevas. Muchos no tienen nombre, unos les llaman duendes y otros, demonios. La tierra guarda muchos misterios y no sólo metales.

También se dice que en el subsuelo suceden cosas imposibles de explicar: se escuchan ruidos, se ven luces o sombras en la oscuridad. Los escépticos dicen que estas sensaciones serían por la tensión que sufren los mineros, ya que en cualquier momento puede ocurrir una explosión, un envenenamiento por gases o un derrumbe.

Los trabajadores creen que los espíritus del subsuelo pueden ser buenos o malos. Los primeros ayudan en las desgracias o le indican en dónde hay una veta muy rica; mientras que los segundos hacen bromas pesadas o provocan un accidente al trabajador.

En Pachuca, Hidalgo, los mineros aseguran que la tradición de la quema de los Judas en Sábado de Gloria, practicada en casi todo el país, es la mejor manera de ahuyentar a esos entes malignos. Se cuenta que en el Cerro de Cubitos, hay minas habitadas por los malos espíritus.

Según la creencia popular, el Domingo de Resurrección se abre una cueva en ese cerro y los malos espíritus aprovechan para llevarse al infeliz que pase por allí y no haya cumplido el día anterior con la quema de Judas.

Se dice que algunos de los desaparecidos retornan uno o más años después, igual en Domingo de Resurrección. Dichas personas tienen mal aspecto, pues se les ve demacradas y famélicas. Aun así, han tenido la suerte de sobrevivir para contar sus desventuras como cautivas en la profundidad de la Tierra.