José Valencia Oseguera y María Antonia González obtuvieron un relato interesante en comunidades purépechas cercanas al Lago de Pátzcuaro, en Michoacán. El narrador fue Ignacio Esquivel Huapeo.

Había una vez un señor llamado Tomás que era muy borracho y no tenía trabajo. No podía mantener a su esposa y a su hijo. Un anciano que pasaba siempre por su casa vendiendo toda clase de mercaderías, al ver al borracho le dio lástima y le ofreció trabajo; sería su ayudante. Se pusieron de acuerdo y partieron al día siguiente hacia la ruta que acostumbraba el comerciante.

Después de unas horas de caminar de rancho en rancho, sintieron hambre y el anciano le sirvió de comer a Tomás. Le dijo que era pescado, pero en realidad era carne de serpiente. Después tomaron agua de un arroyo que pasaba cerca. El anciano dijo que él nunca cargaba alimentos, pues los conseguía en el monte.
Tomás guardó un pedazo de la comida sin que lo viera el comerciante. Éste se adelantó sobre el camino y el ayudante no lo pudo encontrar. Regresó al sitio donde estuvieron antes para comer la vianda que había guardado. Después de tomar agua en el mismo arroyo se acostó a descansar. Pasado un rato, Tomás empezó a sentir cómo se le pegaban las piernas y ya no pudo levantarse. Pensó que había comido de más. Arrastrándose, volvió al arroyo y allí encontró una cueva en la que se metió para refugiarse.

En eso llegó el anciano en búsqueda de su acompañante. Le llamó a gritos y logró oír una voz que le respondía desde el arroyo. Se acercó al río, cerca de la cueva y escuchó nuevamente la voz. El comerciante le ordenó que saliera. Tomás le pidió que se asomara para que lo viera.
Cuando se acercó el comerciante y vio a Tomás, quedó asombrado porque el borrachín se había transformado en serpiente, sólo le quedaba la cabeza de humano. Tomás le dijo todo lo que había hecho. El anciano, compadecido de su ayudante, le preguntó si quería que fuera por su familia para que lo viera por última vez. Él dijo que sí (Continuará).