Asmara Tovilla publicó que un joven peregrino, Felipe Suárez, quien se dirigía a la catedral de San Juan de los Lagos, Jalisco, le ofreció a una anciana, que lo había acompañado durante el camino, cargarle un costal que traía consigo.

La mujer aceptó el favor y ambos continuaron su marcha. Al llegar a la entrada de la iglesia, quiso devolverle el bulto a su dueña, pero ya no estaba junto a él. Buscó entre la multitud en vano.

Las campanas anunciaron que la misa estaba por empezar, así que Felipe entró a la catedral pensando que quizás la anciana ya estaría adentro. Cuando empezó la ceremonia, Felipe entregó sus propias ofrendas y agradeció a la Virgen todo lo que le había concedido. Al terminar la misa buscó de nuevo a la señora y no la encontró.

Apurado porque el autobús de regreso ya iba a partir, entró a la sacristía de la catedral y encontró al sacerdote. Le contó lo que había sucedido con la dama. Le dijo que no sabía su nombre, pero le describió con detalle su vestimenta y joyas.

Decidieron mirar dentro del costal en busca de alguna pista. Hallaron huesos humanos amarillentos y el vestido y las joyas, que Felipe reconoció.

Repuestos ambos de la sorpresa, el clérigo explicó al joven que era común en este lugar que algunas personas en vida no pudieron cumplir lo prometido a la Virgen, pero que encontraban la manera de enviar sus ofrendas; en este caso las joyas. El sacerdote afirmó que en las peregrinaciones hay más fieles muertos que vivos.

El padre le dijo que, gracias a él, esta alma en pena había cumplido su promesa. El joven salió muy desconcertado de la sacristía. Pero antes de retirarse le preguntó al sacerdote que haría con los huesos de la difunta.

El religioso dijo que, al igual que en los casos anteriores, los iba a enterrar como manda la fe. Finalmente le pidió a Felipe que rezara por esa mujer y pidiera a Dios para ella el descanso eterno.