El Tsuk Can es un término del maya yucateco que se compone de Tsuk: barba, copete, coleta, crines, cabello largo de caballo (u kilim tsimin) y kan, que significa serpiente o cielo. Tsuk Can es serpiente con crines.

El Sr. Rosendo López, nativo de Abalá, relató, al hablar de los cenotes, vivencias de su hermano menor, Paulino. La familia López vivía cerca del cementerio de Abalá y del cenote Yoo’ha’, que significa sobre agua. Rosendo nos comenta que Paulino asistía a la escuela todas las mañanas y de regreso, al mediodía, antes de comer se iba a bañar al cenote Yoo’ha’.

La mamá le advertía que no fuera tan seguido al cenote porque lo podrían asustar, pero Paulino nunca hizo caso. Un día, cuando llegó al cenote y se tiró al agua, al mirar hacia el fondo, en donde había una piedra grande y plana como del tamaño de una mesa, vio sobre ella una cruz que brillaba; eso asustó al imberbe que salió corriendo y fue a su casa para contarle a la mamá lo que había visto.

La respuesta de la madre fue la reiterada advertencia a Paulino de que no fuera más al cenote, pero era un muchacho terco y le insistió que lo acompañara y viera aquella cruz. Convenció a la señora y fueron, mas no vieron nada.

Nuevamente la mamá insistió en que Paulino no regresara al cenote, pero el joven, haciendo caso omiso, otra vez volvió al cenote y estando dentro del agua oyó un sonido como si se rompieran grandes burbujas de agua en el interior, pero a él no le importó y siguió bañándose.

De repente voltea a ver y del agua observa que emerge una cabeza de caballo con pelos en la parte posterior. Se dijo que ese animal no estaba cuando entró al cenote. Presa del miedo salió del agua y entonces vio que el animal con cabeza de caballo tenía cuerpo de serpiente. Aterrorizado, salió corriendo del cenote, llegó a su casa y le dijo a la mamá: Vi una culebra pero tiene cabeza de caballo y pelos en la garganta, como el caballo kilin.

De nuevo es reprendido y le pide a su mamá que lo acompañara a ver el caballo y a recoger su ropa que había dejado en el cenote. La señora no quiso ir entonces, pero le ofreció que cuando las vecinas acudieran en la tarde por agua irían ella y Paulino; de allí se abastecía de líquido vital la gente de ese sector de Abalá.

Llegaron al lugar y no vieron a la serpiente, pero allí estaba la ropa de Paulino, quien ya nunca más regresó a bañarse al cenote.

La gente del poblado de Abalá dice que el cenote Yoo’ha’ tiene vida y tiene dueño.