Mientras la vida se enganche y se vincule a la armonía, todo transita con comodidad, pero no se trata solo de la vida, también se relaciona con el vivir, más aún con la convivencia.

La capacidad de raciocinio le permite al ser humano desenvolverse con una dosis muy fuerte de confianza, eso hace que se transmita seguridad, pero este aspecto no solo se relaciona con garantías que permitan conservar o restituir los bienes jurídicos tutelados.

Cabe recordar que la seguridad de la persona tiene también influencias positivas en la convivencia; ¿acaso aquella persona que es segura de sí misma no se convierte en un multiplicador de buenas acciones?, por supuesto que sí.

Ya hablando de ambos aspectos: el de la persona y el de sus bienes, deberá aclararse cada cual, por supuesto, la intención de este trabajo.

Por un lado hablamos de los bienes jurídicos que cualquier persona posee en el marco jurídico de un Estado; no cabe duda que para el caso de nuestra nación mexicana su punto de partida lo es la Constitución, de ella derivan los demás instrumentos vinculados a las distintas ramas del derecho.

Sin duda, aquello en lo que el Estado se vuelve inmediato responsable lo encontramos en el derecho público; el patrimonio es el ejemplo más clásico de un bien jurídico tutelado y que de manera oficiosa corresponde al Estado garantizar.

Pero hablemos de la seguridad que deben sentir la o las personas de su ser, condición que, a pesar de no estar en el ámbito del derecho público, sí es parte del corpus iuris en aquel apartado que la Carta Magna considera como derechos inalienables, mejor conocidos como humanos.

Pues estos derechos se convierten en el principal motor que debe generar condiciones mínimas y aceptables para que toda persona pueda alcanzar condiciones de bien estar y de bien vivir; en otras palabras, alcanzar el anhelado bien común.

Pero la armonía de lo uno y de lo otro hoy parece deslizarse al rincón del olvido; en ambos casos: del ser y del deber ser, se acerca de manera sistemática a la anarquía.

No dejamos de ver de manera cotidiana noticias que nos ilustran: una sociedad abandonando el estado de derecho, dejando atrás las posibilidades reales del bien común que sin duda están en el cumplimiento de nuestras responsabilidades y también en el disfrute de nuestros derechos.

¿Terminaremos abandonando la armonía?