Muchos temas circularon en mi mente antes de dar inicio a este trabajo, pero el que logró convencerme fue uno que aconteció en un lugar público y del cual fui testigo; no pensé que una conducta humana llegara a un exceso de ofensa sin miramiento.

Este suceso ocurrió a las puertas de dos lugares públicos, uno encargado de la formación de seres humanos y el otro responsable de la protección de seres humanos. Dos personas se salieron de los límites del civismo y de la gentileza, de la educación y el respeto, por algo que pudo ser resuelto con el diálogo y la conciliación.

El hecho, aún sin que su motivo tuviera importancia, invita a hablar del tema por la razón de que en apariencia la descomposición social aún no infecta a nuestra sociedad, pero resulta sorprendente ver cómo el “ser” y su parte más dominada, los instintos, se llegan a desbordar.

Cierto es que aquellos son parte del ser humano, pero también es relevante observar cuándo los vemos surgir; es el caso que de la acalorada discusión frente a considerable cantidad de personas, se pudo notar el intercambio de palabras poco civilizadas, grotescas y de indignación, que sólo nos hacen darnos cuenta del rompimiento de la reglas del “deber ser”.

La proliferación de sucesos de esa naturaleza nos empieza a invadir, y se está convirtiendo en parte de la vida cotidiana, sin que la sociedad le preste atención.

Para quienes deberíamos estar centrados construyendo y formando al ser, pero sobre todo cumpliendo con la norma, con lo correcto, con lo bueno, la combinación adecuada de ambos rubros, del ser y el deber ser, es un compromiso que se adquiere, desde que, sin ser partícipe de tal decisión, la adquirimos al nacer y nos convertimos en parte de una sociedad.

Una sociedad construida a lo largo de la historia, acordada con el diálogo y la discusión, pero sobre todo con la lucha de muchos en los tiempos de los enfrentamientos entre todos. No podemos olvidar que los acuerdos de la vida en sociedad, también fueron resultado del derramamiento de sangre.

Por ello las reglas que rigen nuestra convivencia no pueden ser parte de una decisión subjetiva y particular, por el contrario, deben ser cumplidas de manera objetiva y aplicarse a todos en general. Regular la convivencia es parte de la necesidad cotidiana de respeto a los derechos fundamentales plasmados en la Constitución y en los instrumentos internacionales, dar prioridad a la prevalencia del Estado de Derecho es y será un compromiso, pero sobre todo una responsabilidad.

Enaltezcamos el mundo del ser, pero sobre todo garanticemos con nuestra voluntad el del deber ser.