En un escenario en el que la descomposición social se vuelve algo permanente, cualquier ser humano tiene en su mente la siguiente pregunta: ¿Por qué debo vivir con mis iguales, cuando sólo provocan el caos?

El proceso de socialización se inicia desde el surgimiento del hombre, la necesidad de encontrarse con sus iguales nace junto con la propia naturaleza humana.

Fuera del ámbito natural, el ser humano se dio cuenta de que la compañía de otros como él le daba beneficios. Esta situación provocó en poco tiempo que la vida nómada fuera abandonada.

La vida sedentaria del ser humano confirmó la naturaleza social del hombre, ya que su decisión sobrepasó el aspecto previsto de la simple convivencia, puesto que lentamente se dio cuenta de que eran más los beneficios de vivir asociado que los de estar en soledad individual.

Los riesgos preponderantes de esos tiempos comenzaban en la naturaleza y terminaban en el mismo hombre, desde una simple lluvia hasta el ataque por comida efectuado por otros hombres provocaban serias consecuencias.

Es así como se fue delineando y entendiendo que el hombre era y debía ser un ser social, aquel cuya actitud debía estar enfocada al bien de todos, entendido como bien común, con el único fin de dar garantías que le permitieran vivir y ya no sólo sobrevivir.

Por ello, inicia su proceso de socialización, de organización, pero sobre todo de protección colegiada, pensando que esa sería la solución permanente para aminorar o desaparecer los riesgos.

Hoy, contrario al pasado, parece que los riesgos se inician en el hombre y continúan con el hombre mismo, contraviniendo su propia naturaleza y yendo en contra de su propio bien, abandonando el ser social.

¿O acaso es de otro modo y nuestra atención está enfocada en temas como el agua, la alimentación, el medio ambiente u otros que realmente representan un riesgo?