Seguramente hemos escuchado la frase “la verdad os hará libres”. ¿Alguna vez hemos reflexionado sobre ella?
Filósofos, escritores y poetas han dejado un legado de frases célebres en torno a la verdad y la libertad, desde siglos antes de Cristo hasta la presente época coinciden en que si no se está del lado de la verdad no se puede actuar con libertad.

Si analizamos los hechos que nos rodean, vemos a nuestro alrededor a muchas personas viviendo como si fueran esclavos, no necesariamente nos referimos a quienes viven encarcelados a merced de un amo como en épocas pasadas, sino que hoy la esclavitud se ha modernizado, los “amos” de este milenio son muchos y muy variados. Son “esclavos” las personas que viven al compás de sus pasiones, pues su voluntad no es lo suficientemente fuerte.

Montaigne decía que “la verdadera libertad consiste en el dominio absoluto de sí mismo”, y es verdad, quien no se posee a sí mismo no puede ser libre.

¡Cuántas veces nosotros mismos nos decimos libres y actuamos como si fuésemos verdaderos prisioneros! de alguna relación tormentosa, del tabaco, del alcohol, del trabajo, de los dispositivos móviles y de tantas otras cosas que nos atan creyendo que nos liberan.
Jean Paul Sartre opinaba que “la libertad no consiste en hacer lo que se quiere, sino en hacer lo que se debe”, y George Bernard Shaw afirmaba que “la libertad significa responsabilidad”, y podríamos decir que Cullen Hightower pone la cereza del pastel al opinar que “la disciplina sin libertad es tiranía; la libertad sin disciplina es caos”.

¿Cómo puede entenderse la libertad? Se podría resumir en la capacidad responsable de elegir entre el bien y el mal; este valor se aprende en primera instancia en la familia, en donde de acuerdo a los principios que le rigen, los miembros se forman, se educan, se convierten en personas íntegras.

Toda acción a realizar permite considerar beneficios y perjuicios, cuando rehuímos hacer esta valoración, fácilmente podremos incurrir en el error, o lo que es lo mismo, actuar irresponsablemente.

Si actuamos sin valorar lo bueno y lo malo, a merced de nuestros impulsos, resultará fácil caer en el abuso, sin reconocer límites, haciendo caso omiso de la moral o la ética, convirtiendo nuestros actos en actos de libertinaje, justificándolos con el “todo el mundo lo hace”, como si ello bastara para dar rienda suelta a lo que en conciencia se sabe que no es propio.

Conocer la verdad no solo nos libera de la ignorancia y la duda, sino que nos permite vivir como personas auténticas, buscar y alcanzar la verdad le da sentido a nuestra vida, ser leales a la verdad nos permite conducirnos con libertad.

¿Somos libres? Solo si no nos dejamos atrapar por lo que hacen los demás, por la adopción de modas, por la opinión pública sin crítica, por la imposición de ideas ajenas o por nuestros impulsos sin dominio.

¿Somos libres? Solo si hacemos lo que sabemos que es correcto, si llamamos a las cosas por su nombre, si no corrompemos nuestros principios y valores.

Solo quien es libre sabe a dónde va, por qué y cómo llegar, transitando siempre por el camino de la verdad.