Cada año se puede decir que es lo mismo, carreras por la Navidad, tráfico desmedido, atropellos en las tiendas, ofertas que invitan a comprar de más, agendas llenas de compromisos, llevar ayuda económica o en especie aquí o allá, en fin… a veces el ambiente navideño se torna un poco pesado, y ni qué decir que en algunos casos el verdadero festejado poco figura.

Ante la vorágine de eventos que vivimos en este último mes, la verdad es que queda poco tiempo para hacer reflexiones profundas sobre la vida, y no es que las tengamos que hacer precisamente por estas fechas sino que es ahora que las personas por tradición nos volvemos un poco más melancólicas, quizá más empáticas, más amables, más generosas, más cercanas; en fin, tratamos de sacar lo mejor que tenemos para compartir con los demás ¿verdad?

Sin ánimo de ser “fatalistas”, un experimento social realizado con jóvenes nos hizo plantearnos la pregunta.

El experimento empieza de lo más divertido, con dos simples cuestiones ¿quiénes son las personas más importantes en tu vida? Y ¿si te sacaras la lotería qué les regalarías? En este punto las respuestas son inmediatas, entusiastas incluso hasta descabelladas y locuaces… pero cuando el entrevistador pregunta ¿y qué le regalarías a esa persona si ésta fuese su última Navidad? En ese momento todo cambia, desde la expresión corporal, la voz, el tiempo al responder y las lágrimas que empiezan a correr por las mejillas.

Cambiando un poco el orden ¿y qué tal que ésta no fuese la última Navidad de mi ser querido, sino la mía?

Ello nos lleva a preguntarnos ¿quiénes son las personas más importantes en mi vida? y ¿nuestras acciones les hacen sentir que realmente lo son? Porque si nos diéramos cuenta de que no somos dueños del tiempo o de la vida y que nuestras ansias de tener ciertas cosas que el dinero no compra no dependen de nosotros, quizá cambiaríamos inmediatamente la forma de relacionarnos con quienes amamos.

En cierta ocasión, a un sacerdote le preguntamos cuál era su experiencia de los funerales a los que había asistido, ya que en algunas ocasiones se ven muestras trágicas en donde no hay aceptación por la circunstancia y se nota ausencia de paz o serenidad, aunque es muy comprensible el inmenso dolor por la pérdida.

El sacerdote nos respondió que él percibía que quienes se despiden serenamente de sus seres queridos, aun con el dolor que esto implica, es consecuencia de que en vida le dieron a aquél las mejores muestras de cariño y amor, y que en su opinión aquellos que expresaban su dolor en forma trágica respondían a cuando había algún arrepentimiento por no haber estado cercano, por no haber perdonado o por simplemente no haber demostrado el amor que le tenían a dicha persona que ya no estará más con ellos.

Podemos concluir que cada día que vivimos es un regalo, cada día que tenemos salud es otro regalo, todo lo que nos rodea lo podemos considerar un regalo, y el tiempo que dedicamos a los que queremos también es un regalo.

Las cosas materiales pueden ir y venir, pero el cariño y las experiencias compartidas son el mejor regalo que podemos dar, casi siempre es esto lo que más anhela cualquiera que ama, recibir de aquél la donación de su persona.

Pedimos a Dios que nos conceda el don de pasar una Navidad en familia y que no nos perdamos en lo que se compra sino en lo que se da de corazón. ¡Feliz Navidad!