Cuando se desconoce el valor de la vida es posible apoyar cualquier cosa que la disminuya o bien que acabe con ella. Esto es lo que estamos viviendo en nuestros días, pues de una forma tan fácil equivalente a “quítame estas pulgas” se aconseja terminar con la vida de un bebé en gestación o bien apoyar la pena de muerte.

Desde la experiencia de organizaciones que se dedican a ayudar a mujeres en situación de embarazo inesperado, nos hemos dado cuenta que si se les brinda el apoyo que necesitan se pueden salvar muchas vidas, y si alguna de estas mujeres por la situación que atraviesan decidieran no ser madres, es posible dar al bebé en adopción legal a parejas que están listas para formar una familia.

Preocupa que la Segunda Sala de la Suprema Corte de Justicia de la Nación de plano haya decidido que los hijos concebidos por violación deben morir si sus madres así lo quisieran, y que de no “respetar” esos deseos estaríamos frente a “torturadores” de mujeres, pues han afirmado que negarles esto como un derecho sería considerado como tortura.

Preocupa también que se esté tratando al bebé como el “delincuente” y no como la víctima que es, para quienes existe una flamante ley pero que a él a todas luces no le protege.

Definitivamente, solo quien conoce el valor de la vida puede apoyar la protección de una vida, sea de quien fuere, por el simple hecho de ser, por el respeto que merece por ser el primero y más importante de todos los derechos, pues sin la vida no se goza de ningún otro; por la intrínseca dignidad del ser humano que da sentido a todo lo demás.

Pero el mundo está al revés y estamos presenciando actos sin precedente, se están tratando de colar delitos como si fuesen derechos al amparo del más alto tribunal de justicia de nuestra nación, con lo cual pronto estaremos sin defensa quienes respetamos la vida desde la concepción y hasta la muerte natural.

Lianna Rebolledo cuenta su testimonio frente a aquel que quiera escucharlo, ha estado en distintos foros y en muchísimos países; fue víctima de secuestro y de violación repetida durante su cautiverio perpetrados por dos sujetos.

Ella nos dice: “Yo salvé la vida de mi hija, pero ella salvó la mía”. A Lianna nadie le puede contar lo que es padecer violencia intrafamiliar, escasez económica o una discapacidad en la familia; ella y su familia han pasado por ello y se han sabido sobreponer a las circunstancias.
Ella y muchas otras mujeres se lamentan de que después de una violación las autoridades no sepan ofrecer otra cosa que un aborto, aunque se considere legal, pues ello no las va a “desviolar”, solo traerá la muerte de un bebé que no tiene ninguna culpa.

Considera que los países que permiten el aborto responden a una agenda política, pero que en lo particular las personas tendrían que saber que cada vida importa, que nadie sobra y que es por demás injusto aplicarle a un bebé la pena de muerte por delitos cometidos por terceros.
Que las palabras de Lianna encuentren eco en las mujeres que están atravesando una situación similar: “Cuando reconocí en mi hija al ser humano más hermoso, me dije -Mi hija no es producto de una violación, sino es el fruto de mi amor por ella”.