No sé si a ustedes les haya pasado, pero frecuentemente cuando un lector se va de vacaciones, además de su ropa y demás enseres, suele empacar libros entre sus pertenencias. A veces se logra el cometido de leerlos, pero en la mayoría de los casos uno sabe que no tendrá tiempo y que sólo está cargando peso inútil en la maleta. ¿Por qué hacemos esto a sabiendas de que será complicado lograrlo?

La respuesta, por lo común, es la siguiente: por si acaso. Y es que viajar siempre supone el inicio de una nueva aventura. Lo mismo que comenzar un libro que no se ha leído. Uno nunca sabe si en el aeropuerto será necesario tener un libro a la mano en la sala de espera o para distraerse durante el vuelo. También en los largos viajes en autobús, donde dependiendo del trayecto podría ser vital tener algo para leer, siempre y cuando no se vaya por carreteras sinuosas que compliquen la lectura.

Como mexicano, admiro mucho a los turistas europeos y canadienses que son capaces de irse al otro lado del planeta tan solo para instalarse en una playa paradisiaca y poder leer bajo el sol, ajenos a todo lo que ocurre a su alrededor. Aunque, claro, resulta sencillo hacerlo dependiendo del autor y la complejidad del texto, pues he observado que lamentablemente tienen pésimo gusto literario y que por lo regular prefieren solazarse con puros bestsellers (pero bueno, lo importante es leer).

El libro es el compañero ideal en tanto que no se enfrasca en monótonas conversaciones, como algunas personas que podríamos tener en el asiento de al lado que buscan romper el hielo y solo destrozan nuestra paciencia. No, el libro no pide nuestra atención, sino todo lo contrario: nuestra atención pide a gritos un libro para poder abstraernos del mundanal ruido.

Esos libros que nos han acompañado, a la postre resultan inolvidables. Recuerdo con cariño “El adversario”, de Emmanuel Carrere, con el cual atravesé el país en el asiento trasero de un auto. O “84, Charing Cross Road”, que adquirí en Madrid para leerlo en el tren camino a Barcelona. O “Diario poco decente de una jovencita”, que le di prestado a una amiga que me lo regresó lleno de postales y souvenirs de los sitios que había visitado. Después de todo, el libro es el viajero por antonomasia, ya que no sólo nos desplaza por la geografía física del mundo, sino de la imaginación…