Sé que hacer gala de ingenuidad cuando se habla de política partidista resulta un tanto inadecuado y que no se puede esperar algún tipo de reflexión en los mensajes, en estos tiempos de comunicación instantánea audiovisual, donde predominan la imagen sobre la palabra y las apariencias sobre la razón, pero me parece que nunca en la historia de nuestras elecciones se había visto tal grado de disociación de los discursos y propuestas de los todavía precandidatos formales con la realidad.

Y conste que no se trata de un honesto esfuerzo de síntesis a fin de hacer más asequible la comprensión de la realidad, puesto que nos estamos enfrentando a una deliberada y artera manera de distorsionar la verdad o, en otras palabras, de engaño. Donde se trata de convencernos de comprar una mercancía cuyas características no corresponden con las anunciadas.

Como sucede con las propuestas de algún candidato que ha encontrado un mejor método para cuadrar las cifras que sorprendería al mismo Al Juarismi, como hace López Obrador al estimar, por ejemplo, el monto de la corrupción en 500 mil millones de pesos, de los que repartiría la mitad en “becas” de 3,600 pesos mensuales para los jóvenes sin empleo, antes “ninis”, y la otra parte para subsidiar el precio de la gasolina y devolverlos al precio antiguo. Ya que no crearía más impuestos, en esas dos acciones consumiría el presupuesto adicional con el que supuestamente contaría su administración. Aun si dieran las cifras, que no dan, la mentira deliberada consiste en asegurar que el gobierno tendría en sus manos los 500 mil millones de pesos de la corrupción, lo que, dados los mecanismos propios del soborno y el cohecho, resulta completamente imposible. De todas maneras no le quedarían fondos para sus demás programas, construcción de refinerías incluidas.

Pero no hay problema, se trata simplemente de decir las cosas que la gente quiere escuchar, como hace el genio de Anaya que, ante su falta de conocimiento sobre los programas sociales, su poca experiencia en las tareas para paliar la pobreza y su falta de convicción sobre su pertinencia social, decide adoptar la propuesta de la Renta Básica Universal, desechada por el propio López Obrador, que consiste en tomar el dinero de todos los programas de apoyo a la gente en situación vulnerable, para repartirlo, a partes iguales, entre todos y cada uno de los habitantes de nuestro país. Lo mismo para Slim que para usted.

Si, como dice, notables economistas apoyan la propuesta mencionada, deben ser los arrepentidos de la Escuela de Chicago, porque todos sabemos que ello sólo atomizaría el beneficio social y que la peor injusticia es tratar igual a los desiguales.

Ambas propuestas se basan en el engaño.