Quienes votaron en Estados Unidos por hacer más grande a su país y eligieron el liderazgo de Donald Trump para ello, si fueran congruentes y estuvieran informados sobre los acontecimientos más relevantes de hoy día, pudieran ser testigos de la franca decadencia a la que lo ha precipitado su presidente que, guiado por su visión de tendero minorista, va renunciando al liderazgo que le corresponde por el solo hecho de encabezar a la primera potencia mundial.

Como en política no se permiten los vacíos, éstos van siendo ocupados por los mandatarios de otras naciones. Además, el estadunidense ya comenzó a ser excluido de las cumbres mundiales que tratan sobre los más importantes asuntos públicos, como sucedió con la del cambio climático, papel que fue asumido por el francés Emmanuel Macron que recién ha convocado a un foro con la participación de 100 países, al que, por su salida del Acuerdo de París, el gobierno norteamericano dejó de ser convocado.

Y lo mismo está a punto de suceder en el terreno económico-comercial, donde su participación ha quedado reducida al aspecto protocolario, pues sus anticlimáticas participaciones ni siquiera le han merecido respuesta por parte de los demás concurrentes, como pudimos ver en la XXV Cumbre del Foro de Cooperación Económica Asia-Pacífico (APEC), celebrada en Da Nang, Vietnam, donde, a contracorriente de la tendencia de la organización, Donald Trump se manifestó en contra del multilateralismo para insistir en el primitivo bilateralismo que a su corto juicio pudiera redituarle algunas ventajas.

Contradictoriamente los gobiernos de los países que buscaban, hasta hace poco, suplir al mercado mediante el sistema de planificación central, como la China del presidente Xi Jinping y el anfitrión Vietnam con su primer ministro Tran Dai Quang, se han puesto a la cabeza de quienes pugnan por la eliminación de las barreras arancelarias y los demás obstáculos comerciales para la integración económica regional y el libre comercio mundial.

Lo peor de Trump resulta esa fijación incierta que lo impulsa a exigirle a sus socios que cumplan una condición que realmente representa la excepción en las relaciones comerciales internacionales: la igualdad de la balanza comercial, confundiendo ese instrumento de análisis tan limitado con una política económica recomendable. Dejando de considerar, por otra parte, la balanza de pagos, que incluye, además de la comercial, las de servicios, de rentas y de transferencias y en la que los países desarrollados compensan con ventaja sus déficits en el intercambio de bienes primarios y de manufactura.

De esa manera Estados Unidos rueda por la pendiente aislacionista, que es incompatible con el liderazgo mundial.