Hay un grupo de héroes anónimos que llegan en el momento que más se necesita; pocas veces nos acordamos de sus rostros y mucho menos de sus nombres, pero en los instantes de mayor dificultad son como ángeles que aparecen para poner en orden la situación y brindar atención al herido o lesionado. Son los paramédicos, hombres y mujeres como cualquiera, que están disponibles las 24 horas, los 365 días del año; para ellos los días inhábiles son una jornada más y en algunos casos con mucha más acción de la normal y con paciencia, pero sobre todo con mucho temple, logran que el paciente supere la adversidad por la que atraviesa.

Insisto, no tienen el crédito que se merecen, porque salvar vidas y en algunos casos traerla al mundo no es para nada poca cosa, ambos casos los hemos visto o de ellos nos hemos enterado en las páginas de los periódicos o las redes sociales y en muy rara ocasión se logra ver su rostro, saber sus nombres y quién está dentro de ese uniforme. Algunas veces, al terminar la atención su mirada muestra cansancio que se esconde detrás de una sonrisa, resultado del deber cumplido, de que su misión fue exitosa. Sin duda, son personas que tienen que hacer a un lado todo tipo de pensamientos para concentrarse en la responsabilidad del momento y que tienen que estar firmes a pesar de la circunstancia.

Aun es común escuchar en las escuelas a muchos niños elegirlos como sus héroes o ejemplo a seguir. En lo personal, considero que es lo correcto, porque pocos como ellos con la velocidad y precisión de sus actos pueden salvar una vida. Esto es el resultado de años de preparación, estudio y entrenamiento que les permiten tener como prueba final cumplir esa labor. Diariamente vemos reportes de su trabajo heroico, de su valor y destreza, algo que seguramente llena de orgullo a la sociedad que no se debe cansar de agradecerles.