Después de siglos en los cuales los hombres aceptaban con naturalidad la existencia de la verdad, llegó el posmodernismo del siglo XX a decirle a los seres humanos que la verdad no existe, que aquello que nosotros consideramos verdad solo lo es desde nuestro muy particular punto de vista. Ahora, si llegamos a tener la osadía de afirmar que existen verdades y valores universales, más de tres nos verán con incredulidad y probablemente nos dirijan una sonrisita sardónica apiadándose de un ser humano tan poco entendido de la realidad y con tan arcaico pensamiento.

La complejidad humana alcanzada hasta ahora tiene su origen en la evidencia de que la verdad existe, que lo bueno y lo malo pueden diferenciarse; no siempre es tarea fácil entender la diferencia, ya que entre el blanco y el negro de nuestras vidas hay una infinita variedad de matices grises, más cercanos al blanco o probablemente con mayor tendencia al negro. En realidad lo bueno y lo malo no son siempre muy identificables, pero el que no lo sean fácilmente no significa que no existan.

Con la muy cómoda propuesta de que la verdad es relativa y cada quien tiene su propia verdad, han proliferado por el mundo una enorme cantidad de “verdades”, ideologías y pensamientos que afirman como verdaderas cosas diametralmente opuestas, mientras que las masas humanas parecen tragarse todo aquello que se presenta ante sus ojos.

No es tan extraño hoy día que dentro de la mente de algún habitante de este planeta convivan como verdaderas dos ideas o posturas ante la vida que se descalifican una a la otra; el sentido crítico se ha perdido en buena medida, pareciera que la crítica es una práctica desterrada del diario vivir del ser humano y que debiéramos estar sometidos a la aceptación irrestricta de todas las ideas; incluso se tacha de intolerantes o retrógrados a aquellos que tienen el atrevimiento de defender verdades universales como el amor, la paz, la libertad y condenar la ambición, la promiscuidad, el consumo de drogas o el abuso contra los niños.

Mucho peor es el permiso que en medio de este pandemónium de “verdades” se da tanta gente para reinterpretar los conceptos de libertad, amor, familia o matrimonio y muchos otros más, acomodándolos a su propios puntos de vista, porque entonces ya no solo el problema es que algo sea verdad o no lo sea, sino que también nos enfrentamos a que cada quien se siente en la plena libertad de definir a su conveniencia conceptos como libertad, amor o cualquier otro. Sin duda tenía razón George Orwell al asegurar que “en una época de engaño universal, decir la verdad es un acto revolucionario” y añadiría que además condenable. Todos aquellos que se atrevan a defender las verdades y valores universales que han permanecido a través de la historia humana habrían de tener en cuenta aquello que señalaba Mahatma Gandhi: “Aunque la verdad esté en minoría sigue siendo la verdad”.

Ante el evidente abandono de la verdad como un bien universal no sería nada extraño que en algunos años y amparados por una verdad relativa hecha a la medida del gusto de cada quien, surjan grupos de presión que intenten legitimar por ejemplo el matrimonio entre un ser humano y un animal, o tal vez permitir los matrimonios incestuosos entre hermanos, padre e hija o madre e hijo, con la posible salvedad de que solo puedan tener hijos por adopción; total cuando el amor es puro no debe ser limitado, ¿no? El problema es que gracias a las múltiples verdades del posmodernismo la definición de amor estará totalmente desvirtuada. Así lo que hoy no es verdad mañana puede serlo de acuerdo con el posmodernismo.

La diversidad de pensamiento es enriquecedora y ha permitido al género humano contrastar ideas; toda esta diversidad de pensamiento ha tenido que pasar por el filtro de las verdades universales, mismas que ahora son figuras fantasmagóricas asesinadas por el relativismo permisivo, libertino y embrutecedor del posmodernismo, para el que existen tantas verdades como seres humanos habitan el planeta.
Para todos aquellos todavía creyentes de las verdades universales, de la existencia del bien y del mal y que se niegan a descafeinar y acomodar las definiciones de palabras como amor y libertad a los miles de distintos gustos y maneras actuales, básteles aquella frase de Alexander Vlahuta: “La verdad espera, solo la mentira tiene prisa”. La verdad finalmente triunfará porque la verdad os hará libres.