De improviso, un día la vida nos recuerda que no tenemos pacto de inmunidad con ella, que simplemente somos frágiles humanos, tan frágiles como toda la vida en este planeta; la pérdida de la salud puede significar muchas cosas en nuestra existencia; de nuestra actitud depende qué de positivo podamos obtener de ella. Cuando la salud se ausenta de nuestra vida diaria se presentan dos opciones ante nosotros: utilizar el desafío de su ausencia para ser cada vez mayores y mejores seres humanos o hundirnos desesperanzadamente en nuestro dolor.

Parte de la realidad del género humano es la hermandad en la enfermedad y la pérdida de la salud; con inusitada frecuencia la salud es un bien que se le escamotea a quienes nos rodean y cuyo agudo pinchazo de dolor parece aún más terrible cuando se trata de alguien a quien amamos.

Probablemente nadie haya sufrido en la piel, las entrañas y el alma más dolor que el que ha visto cómo la salud escapa de la vida de sus hijos. Nadie debería tener que sobrevivir a sus hijos, por este infierno transitó mi hermano, hasta enterrar a su hija de tres años víctima de un cáncer.

El ser humano se encuentra ante una encrucijada: utilizar este dolor para potenciarse como ser humano o dedicar su tiempo a revolcarse en él hasta dejar de respirar.
Podemos ser como las piezas del herrero que son forjadas en el fuego y los golpes y lograr salir más humanos de ellos, si evitamos caer en las preguntas sin respuesta: ¿por qué? del dolor, y decidimos transitar el complicado camino del ¿para qué? del dolor; empecinados en obtener una enseñanza de él y continuar viviendo a pesar suyo, habremos permanecido vivos y triunfantes.

Que todos los días tengamos la oportunidad de valorar y hacer vida fructífera la salud que entre las manos tenemos, que en el amargo momento de desprendernos de ella todos tengamos la suficiente fortaleza de espíritu para utilizar su ausencia y luchar hasta el último aliento en hacernos a cada instante más humanos.