En 2012 Mario Vargas Llosa publicó un ensayo al que tituló “La civilización del espectáculo”, en la que denuncia la creciente banalización de la sociedad globalizada y cómo la frivolidad y el amarillismo son los conductores de buena parte de los medios de comunicación; el autor aseguró que su intención era hacer una reflexión sobre la metamorfosis que ha sufrido el término “cultura”, asegurando que ésta se ha vuelto presa de la diversión; lo que no es divertido resulta ya no ser cultura, no se habla ya de escultura, pintura, filosofía, sino de programas de televisión, películas o videojuegos. Lo que vende es bueno y lo que no, malo, de ahí que hayamos acabado en el cultivo del espectáculo como forma cultural.

Cercana a esta realidad se encontraba Essena O’Neill, una joven australiana de 18 años que hace unos días realizó una confesión que ha impactado a sus miles de seguidores: llorando denunció los dañinos ideales que imperan en las redes sociales, aseguró que se había pasado miles de horas viendo a chicas perfectas en Internet deseando a toda costa ser como ellas, pero al lograr su sueño se dio cuenta que no era feliz; toda una estrella en Instagram contaba hasta hace unos días con más de medio millón de seguidores, cerca de 2,000 imágenes engalanaban su cuenta. Asegurando que las redes sociales no son reales decidió cerrar sus cuentas de Instagram y You Tube.

Antes de retirarse Essena se dio tiempo para comentar algunas de sus cientos de fotografías, así denunció que por una de las fotos en la que se le ve muy feliz luciendo un vestido había recibido 400 dólares de los fabricantes, en otra en la que se le veía en traje de baño confesó que se la había tenido que tomar más de 100 veces hasta que logró verse con un abdomen perfecto, de una imagen en la que aparece en pose de yoga afirmó: “No hay nada zen en tratar de parecer zen”. Entre sus últimas afirmaciones dijo: “Quiero que las jóvenes sepan que ésta no es una vida sincera, es sólo una perfección forzada para recibir atención”.

Es en esta civilización que un ex publicista, Frédéric Beigbedern, ha afirmado acerca de la profesión: “Soy publicista: eso es, contamino el universo. Soy el tipo que te vende mierda. Que te hace soñar con esas cosas que nunca tendrás. En mi profesión, nadie desea tu felicidad, porque la gente feliz no consume. Tu sufrimiento estimula el comercio. Para crear necesidades resulta imprescindible fomentar la envidia, el dolor, la insaciabilidad: éstas son nuestras armas… Y tú eres mi blanco”. Con la salvedad de que las necesidades no pueden ser creadas porque el ser humano nace con ellas y los publicistas lo que crean son los deseos para satisfacerlas. La descripción de Frédéric es brutalmente cierta y se podría decir rayana en el descaro.

El colmo del culto a la imagen es que, según la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura, cerca de un tercio de los alimentos producidos para los seres humanos se desperdician y buena parte de este desperdicio se debe a que los supermercados no aceptan las frutas y verduras que no cumplen con los estándares de imagen que exigen; en Inglaterra, los propietarios de una granja se vieron obligados a tirar en una semana unas 20 toneladas de hortalizas porque su apariencia no fue considerada adecuada, la granja tiene que tirar entre un 30% y un 40% de su producción. Es así como, mientras en este planeta millones mueren de hambre, toneladas de alimentos se desechan sólo por no verse bonitos.

Es en esta locura de las imágenes idealizadas, ya sea la personal, en los productos que se fabrican para consumirlos o en las frutas y verduras que se comercializan en los mercados, que los seres humanos vamos perdiendo el sentido de lo verdaderamente humano, acabamos generando una cultura de la apariencia, de la pose fingida, de la superficialidad; peor aún es acabar endiosando e idealizando un estilo de vida en el que impera la falsedad y en el que es más importante tener y sobre todo parecer que ser.

Triste esta civilización del espectáculo, en la que desesperadamente queremos aparentar lo que no somos y nos olvidamos de vivir lo que sí somos. Mendigando la aprobación de las multitudes, acabamos estableciendo cánones de belleza hasta para verduras, aunque eso signifique tirar a la basura miles de toneladas de alimentos que millones de hambrientos seres humanos desearían poderse llevar hoy a la boca.