En las dos últimas décadas han migrado hacia los EU miles de jóvenes yucatecos indocumentados, la gran mayoría campesinos mayas del sur del estado, con el deseo de mejorar la calidad de vida familiar, pero también experimentar cosas nuevas. Solo en la Bahía de San Francisco, Ca., se ubican hoy día más de 30 mil inmigrantes de Yucatán realizando oficios poco calificados en la industria restaurantera.

Este fenómeno puede generar un desequilibrio en la vida de estas personas, pues implica dejar familia, amigos, tierra, cultura, que irremediablemente deriva en un gran esfuerzo personal de adaptación y duelo. Desde el momento de la partida, el migrante está sujeto a factores estresantes que suelen continuar en la ciudad-destino y pueden llegar a provocar serios problemas emocionales que trastocan todos los ámbitos de la vida personal. El etnopsiquiatra catalán J. Achotegui denomina a este proceso “Duelo migratorio” o “Síndrome de Ulises”, inspirado en este héroe mítico que vivió numerosas adversidades lejos de sus seres queridos.

No es lo mismo vivir un duelo migratorio en buenas condiciones, y que puede ser enfrentado, que un duelo complicado o extremo (con alto potencial psicopatógeno) que supera las capacidades de adaptación del sujeto e incapacidad para enfrentarlo. Como cuando se dejan familiares y no hay posibilidad de llevarlos, ni de verlos por muchos años. Vayamos por partes:

En primer lugar la separación de padres, esposa, hijos y otros seres queridos implica un gran sufrimiento, más aún cuando se proviene de familias con fuertes vínculos parentales. En segundo, al desafío por los peligros relacionados con el viaje migratorio (polleros, patrulla fronteriza, camiones de traslado, abusos) se suma el miedo a la detención y deportación, la pérdida de la integridad física o morir en el intento.

En el lugar destino, el migrante sufre angustia por encontrar pronto un trabajo para sufragar el préstamo hecho para realizar el viaje (superior a los 70 mil pesos). Difícil tarea sobre todo porque desconoce la ciudad, no sabe inglés, o se maneja con un español deficiente. Es decir, siente un fuerte choque cultural (sorpresa, confusión, desesperanza, vacío) y dificultad de asimilar una cultura ajena.

Cuando logran acceder al mercado de trabajo es en condiciones precarias, sin prestaciones sociales ni seguro médico. Para estos individuos que han realizado un inmenso esfuerzo migratorio, el temor al fracaso es muy angustiante.