¡Por fin se terminó el servicio! Y parece que lo digo con alegría, pero lo cierto es que se envuelve un conjunto de sentimientos encontrados: con nostalgia añoraré el año que acaba de terminar, en el cual tuve la dicha de vivir en una zona rural y marginada, dando consultas médicas, haciéndole de policía e incluso de plomero y electricista frente a una unidad médica con fuertes carencias, pero con un personal dispuesto siempre a trabajar.

Estar en una unidad rural me abrió los ojos para observar la realidad de la población mexicana, aquella que contrabajo tiene para comer y que se abraza a Prospera y otros programas asistencialistas para sobrevivir. Encontré a una población, que a diferencia de la urbana, adopta con prontitud las campañas de salud, que en pocos casos huye de las vacunas y que acepta el Papanicolau anualmente.

Conocí un sistema de salud mágico, pues entre su pobreza se encuentran personas luchando arduamente para sacarlo adelante pese a aquellas otras que gozan de la corrupción y de un puesto base del cual no serán removidos pese a que no levanten un dedo. Asimismo descubrí que el sistema de vigilancia epidemiológica de México es uno de los mejores del mundo, pero que a su vez se sesga por la flojera de algunos.

Aprendí esto y muchas cosas más, que en artículos próximos tendré la dicha de compartirles, iniciando por todo aquello que vive un pasante, pero no sin antes agradecer a mis asesores, en especial al Dr. Vázquez y al Dr. Dan, mis principales orientadores.

Por último me queda rogar a los cielos poder ser leído por quien tenga el poder de dotar a las unidades de seguridad, agua limpia, medicamentos y en especial, de trabajadores que con amor sigan entregando sus vidas por los pacientes, quienes, a final de cuentas, son los que más necesitan del programa.